Cuando usted lee las notas, documentos, réplicas y artículos sobre el quehacer de la disidencia en Cuba, da la sensación que están en campaña electoral.
A mi correo me enviaron El Camino del Pueblo, lo marqué como spam y lo eliminé. Con ese título, pensé que se trataba de un mamotreto inspirado en una obra de Mao. Poco después, se suscitó un rifirrafe entre Martha Beatriz Roque y Antonio Rodiles.
Una parte del exilio miamense y también quienes aplauden al régimen, crucificaron públicamente a Pablo Milanés. Cambiar de camisa es algo que no perdonan los izquierdosos. El culebrón siguió con Wikileaks y una supuesta entrevista apócrifa de Yoani Sánchez a Barack Obama. Iroel Sánchez, defenestrado del Instituto Cubano del Libro y deseoso de volver al ajo, le dio inmediata repercusión en su blog.
No lo veo mal. Las noticias son para explotar. Lo que me parece preocupante es la falta de ética y el terrorismo verbal que se va inoculando entre los cubanos que piensan diferente. Los ‘revolucionarios’ piden aplastar a los ‘contrarrevolucionarios’ como si fuesen cucarachas. Otros quisieran pasarlos por las armas.
Es sano que un país como Cuba, donde la Biblia son las orientaciones que emanan del poder, sin derecho a quejas, existan diferencias políticas, estéticas y de criterios. Pero sobra la falta de respeto y el chancleteo. La intimidación e incapacidad para mantener una polémica civilizada lastra el futuro del país.
Da risa ver a figuras disidentes posicionándose mediáticamente. Tal pareciera que Fidel Castro ya es historia y que en enero de 2012, en vez de una conferencia del partido comunista, hubiera habido una convocatoria a elecciones libres.
Castro II sigue en el poder y mantiene el discurso de su hermano: los opositores son unos miserables y la calle es de los «revolucionarios». A los que gritan en la vía pública, palos y trompadas. El futuro de Cuba se decide en diez años. Quizás menos. Pero aún no se ha dado el pistoletazo de arrancada.
La disidencia debiera tener cierta cordura. No se necesita unanimidad de criterios, eso queda para los partidarios del régimen, pero sí mesura. Existen dos o tres puntos cardinales con los cuales coinciden quienes discrepan con el gobierno. Explotemos lo que nos une. No lo que nos separa.
En ese tira y encoge, disidentes y leales al régimen se acusan unos a otros. Y también entre ellos. A la primera de cambio, cuelgan el cartelito de soplón de los servicios de inteligencia. Sin mostrar la menor prueba. Sólo por intuición divina.
Es una verdad de Perogrullo que en esta «batalla de ideas» la Seguridad del Estado cuela sus fichas. Y traza su estrategia. Lo que jode es que los encendidos debates apenas son conocidos por la población.
Los opositores e incondicionales a los Castro usan internet, un arma virtual que sólo llega a un 4% —o menos— de los habitantes en la isla. La gente de la Cuba profunda está para otros trotes. Conseguir la merienda escolar a sus hijos. Avisarle al vecino que llegaron los frijoles negros al agromercado, a 8 pesos la libra.
Por las noches, ver el culebrón de turno. Lo demás pasa a segundo plano. Desconocen los documentos redactados por la oposición o el exilio. Muy pocos conocen los nombres de los disidentes.
Al final, los cubanos de a pie, ésos que desayunan café sin leche, todo lo confunden. Para ellos, opositores, periodistas independientes y blogueros, son la misma cosa: «gente de los derechos humanos». Tipos idealistas entre los cuales a veces se destacan mujeres vestidas de blanco que desfilan por las calles.
Los ciudadanos simples saben que con el ‘teque’ no se come. Sin saberlo, son víctimas de una ‘guerra’ digital que se desarrolla entre personas que discrepan acerca de asuntos que excepcionalmente a ellos le interesan.
Foto: Tomada de Martí Noticias. Jóvenes de Pinar del Río en carretones de caballos.
Publicado originalmente en El Blog de Iván García.

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