Toda mi vida he sido pobre, pero muy afortunada. Tuve la dicha de estudiar en escuelas públicas con excelentes maestros, graduados de pedagogía en la Universidad de La Habana. Y de estudiar inglés también en una escuela pública, gratuitamente.
Solo dos veces mi padre, José Manuel Quintero, pagó por aprendizajes para mí. La primera vez, en el verano de 1957, cuando con dolor de su alma desembolsó 30 pesos por un cursillo de tres meses de preparación, para aspirar al primer año de la carrera de contador en la Escuela Profesional de Comercio de La Habana.
Fue en la Academia de la Nuez, que quedaba en los altos de una panadería-dulcería en Monte entre Romay y Fernandina, en el municipio habanero del Cerro. Si no conseguías plaza para el primer año, podías presentarte para el Pre Comercial. Obtuve la plaza no. 47 para el primer año.
Fui una hija única bastante atípica: desde muy pequeña, mis padres me prepararon para que fuera una mujer independiente y pudiera enfrentarme sola a la vida. También me enseñaron a pensar con mi propia cabeza y a no tener miedo a decir lo que pensaba ante nadie, fuera quien fuera.
Nunca tuvieron que exigirme que fuera disciplinada y estudiosa, siempre lo fui, desde el Kindergarten, que hice en una escuela que había en la Esquina de Tejas. La primaria la cursé en la Escuela Pública No. 126 Ramón Rosáinz, en Monte y Pila. Fue en 6to. grado cuando hicimos un periódico, mimeografiado, se titulaba Mi Escuela y yo era la directora. Una de las principales colaboradoras era Rosa Daisy Carrera, quien atendía la Cruz Roja.
De Rosa Daisy volví a saber una noche lluviosa de 1996, un año después de haberme hecho periodista independiente. Alrededor las 9 de aquella noche, salí de casa de Raúl Rivero, entonces director de Cuba Press, y me fui a esperar la ruta 37 o la 68, en la parada de Infanta y Peñalver. Estaba de espalda cuando escucho una voz masculina diciendo mi nombre. Me viro y veo a un hombre con una capa de agua verde olivo. Pensé que era un tipo de la Seguridad del Estado. Pero no, era el esposo de Rosa Daisy, militar de profesión. Por él supe que mi ex compañera de la escuela primaria había estudiado medicina y trabajaba como pediatra en un hospital infantil. Me alegré mucho.
El 10 de noviembre de 1958 había cumplido 16 años y como muchos otros jóvenes, embullados por el triunfo revolucionario, en enero de 1959 quise empezar a trabajar. Se lo dije a mi padre, me dijo “Ok, pero no tienes ningún oficio”. Entonces pensé que lo más fácil y rápido era hacerme taqui-meca. Y lo convencí para que me pagara clases de taquigrafía y mecanografía en español e inglés, en una sucursal de la Havana Business Academy que radicaba en Monte entre Romay y San Joaquín, al doblar de nuestra casa.
Tres clases a la semana, de dos horas cada una, costaban 8 pesos al mes. Mi padre aceptó, pero me dijo que tratara de aprender pronto, porque 8 pesos era mucho dinero. Los dos meses que estudié en la Havana Business Academy, en marzo y abril de 1959, a mi padre le costaron 16 pesos, un ‘dineral’.
En esa época, mi padre ya no era guardaespaldas de Blas Roca, pero como medía 6 pies y pesaba 200 libras y era hábil manejando su Colt 45, lo situaron de custodio. Se pasaba el día o la noche, sentado detrás de una pequeña mesa con un teléfono, a la entrada de las oficinas del Comité Nacional del Partido Socialista Popular (PSP), en Carlos III y Marqués González. Hacia el mes de julio de 1959, mi padre se enteró que Aleida, la mecanógrafa, iba a salir de licencia de maternidad.
Y le dijo al administrador, Guerrero (Secundino Guerra) que yo sabía mecanografiar en español e inglés. Guerrero me pidió que fuera antes que Aleida saliera de licencia. Así lo hice. En agosto de 1959 fui oficialmente contratada, la carta la firmó Blas Roca, ex jefe de mi padre durante más de 20 años, y quien aparte de ser mi jefe, era mi tío político: era el esposo de mi tía Dulce, hermana de mi madre, Carmen Antúnez.
Pero el parentesco y el hecho de que la plana mayor del comunismo criollo conociera a la hija del ‘gordo Quintero’ desde su nacimiento, no me favoreció, todo lo contrario. Me exigieron más que si hubiera sido una desconocida. Y se los agradezco, porque me enseñaron a trabajar, de lunes a domingo, sin horario y con un salario de 46 pesos. Ya tenía una base (letra Palmer, buena ortografía y facilidad para escribir), pero fue con ellos, sobre todo con Juan Marinello, con quien aprendí a redactar y mecanografiar impecablemente, sin chapucerías ni borrones (si me equivocaba, tenía que volver a empezar).
Aprendí a ser multioficio: además de mecanografiar toda clase de textos —incluidas tablas con números— y picar stencils o dittos (que siempre te manchaban de morado), atendía la biblioteca, situada en el salón de reuniones. Una vez, del Ministerio de Relaciones Exteriores me pidieron varios libros prestados, se los mandé con un chofer y dos o tres días más tarde por correo recibí una carta dirigida a la “Dra. Tania Quintero”, agradeciéndole la prontitud del servicio. No podían imaginar que yo ni siquiera era bibliotecaria.
En los 19 meses que trabajé en el Comité Nacional del PSP, tuve que tomar notas taquigráficas en las reuniones y luego pasarlas en limpio; mantener arreglada la oficina; ayudar a La Mora a hacer café y servírselo a los visitantes. Una vez por semana, comprar sellos en el correo que había frente al Parque Estrella. También una vez a la semana, ir con La Mora a encargar raciones de arroz frito, chop-suey de puerco o pollo y maripositas, en el restaurante chino que había en la esquina de Belascoaín y Maloja, frente a la antigua Escuela de Artes y Oficios.
Las cajitas las recogíamos a la hora de almuerzo del día de reunión del Comité Nacional, a veces con la participación de dirigentes provinciales e intelectuales como los poetas Nicolás Guillén y Manuel Navarro Luna. Almorzaban en el salón donde radicaba la biblioteca. Les poníamos cubiertos de metal, servilletas de papel y vasos de cristal con agua fría y al final, café en tacitas. Nada de cervezas o postres.
Los viejos comunistas eran austeros y ahorrativos, como mi padre, a quien pueden ver en esta foto, del post que le dediqué a Zoila ‘Tania’ Castellanos.
En Cuba trabajé en una docena de lugares, a veces con jefes mediocres o con menos experiencia y preparación, pero siempre impuse mi estilo de trabajo serio y disciplinado. El 10 de noviembre de 2013 cumplí 71 años y nunca supe lo que es “coger un diez” ni ir a la “pincha” (trabajo) a vacilar. De las oficinas donde laboré, jamás me llevé papeles y materiales, algo ahora habitual en la isla: la gente roba todo lo que puede en sus puestos de trabajo.
Si el 26 de noviembre de 2003, en vez de con 61 años, a Suiza hubiera llegado con treinta años menos, hoy fuera una excelente trabajadora. Porque precisamente aprendí a trabajar como trabajan los suizos de Lucerna, el cantón alemán donde vivo.
Foto: Es de 1948, tenía 6 años y estaba en 2do. grado, en la Escuela Pública No. 126 Ramón Rosáinz, de Monte y Pila, Cerro, donde cursé la enseñanza primaria. Mi maestra era la Señorita Inés. Estoy en el patio de la escuela, al terminar una actuación escolar donde todas las niñas fuimos vestidas de blanco. La bata me lo hizo una de mis tías paternas, que eran modistas. Los habaneros solían comprar las telas en Muralla, calle de la Habana Vieja donde se concentraban muchos almacenes y tiendas de tejidos, hilos, botones y otros accesorios de costura, como el vuelo con encaje de algodón, pasacinta y cinta roja de mi bata. Casi todos los dueños de mercerías, eran judíos, polacos, libaneses, españoles, portugueses y otros extranjeros que habían arribado a Cuba huyendo de persecuciones o de la terrible situación que en Europa dejó la Segunda Guerra Mundial.
Publicado originalmente en El Blog de Tania Quintero.


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