A mi padre, viejo comunista, no le importaba que oyera Divorciadas, novela radial de gran audiencia femenina en los años 50. Ni tampoco que leyera las novelitas de Corín Tellado en la revista Vanidades.
Tampoco consideraba “diversionista” mi preferencia por las películas de James Dean y Marlon Brando o por las canciones de Nat King Cole y Frank Sinatra. No le preocupaba que acompañara a mis amiguitas católicas a la Iglesia del Pilar o a las creyentes de la santería a comer chivo en una fiesta de santo.
Mis padres no me bautizaron ni me inculcaron ninguna religión. Es más, si en los primeros años de mi juventud creí que el socialismo era algo bueno, fue precisamente porque nadie trató de imponérmelo.
Por ello, rechazo todo tipo de adoctrinamientos. Las ideas no se obligan a seguirlas. Es peligrosísimo. La insistencia se convierte en un boomerang.
Puede que el sistema educacional antes de 1959 no fuera perfecto, pero era infinitamente superior al implantado después de la llegada de los barbudos. El primer gran disparate fue nombrar ministro de educación a un abogado llamado Armando Hart. ¿Por qué Fidel Castro no nombró a Salvador García Agüero o a cualquiera de los muchos pedagogos de renombre que estaban ejerciendo cuando él llegó al poder?
El problema es que, salvo excepciones, casi ninguno poseía curriculum revolucionario. Pero a diferencia de Hart, eran maestros de verdad. Ahora me percato por qué, al imaginar la debacle que se avecinaba, muchos profesores prefirieron irse de Cuba. De quedarse, nada hubieran podido hacer ante la nueva ola de improvisados.
Aceptemos por buenas las intenciones de los guerrilleros del Ejército Rebelde, pero tratando de acabar con lo que ellos consideraban malo y negativo, terminaron acabando con Cuba.
Y hoy no solamente es un desastre la educación, sino que la han convertido en un apéndice del “trabajo político-ideológico”, rebautizado “batalla de ideas” a partir del 2000, cuando el culebrón de Elian, el niño balsero. Desastre es también la agricultura. Y desastroso el estado de la capital.
Baste caminar por la ciudad de La Habana y se tendrá real visión de cuánto hemos perdido los cubanos en medio siglo de totalitarismo.
Los sitios pintados e iluminados son para turistas o cubanos con “moneda dura”. Es dolorosamente cierto: La Habana, la ciudad donde nací, no aguanta más. Está a punto de derrumbarse. O de estallar.
Lucerna, 8 de mayo de 2005.
Foto: Tomada del blog de Angélica Mora.
Publicado originalmente en El Blog de Tania Quintero.

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