La segunda vez que estuve cerca de Fidel Castro fue un domingo del mes de febrero de 1961. La primera vez había sido en la tribuna de un acto en Ciudad Libertad, en diciembre de 1960. Recuerdo que le pregunté si era cierto lo que Lalo Carrasco me había dicho, que de su librería, en Carlos III casi esquina a Marqués González, él se llevó unos libros de marxismo y nunca se los pagó. “Lalo a todo el mundo le hace el mismo cuento”, me respondió.
Esa segunda vez fue poco antes de incorporarme al tercer y último contingente de maestros voluntarios en la Sierra Maestra. Ocurrió en La Raquelita, finca ubicada en El Cacahual, otrora propiedad de Luis Conte Agüero, periodista y político fallecido a los 101 años en 2025 en Miami.
Tras la llegada al poder de los rebeldes, la finca había sido expropiada y entregada a Blas Roca, secretario general del Partido Socialista Popular (PSP), para que allí trabajara y descansara. Mi padre había sido guardaespaldas de Blas durante más de veinte años. Roca era el esposo de mi tía Dulce Antúnez, hermana de mi madre. Por si no bastara, desde agosto de 1959, el ‘tío Paco’, como los sobrinos le decíamos a Blas, era mi jefe en las oficinas del PSP, donde era la única mecanógrafa.
Aquel domingo, Blas y los principales líderes del comunismo nacional (los hermanos Aníbal y César Escalante, Joaquín Ordoqui, Carlos Rafael Rodríguez, Manolo Luzardo, Lázaro Peña, Flavio Bravo y Severo Aguirre), se reunieron secretamente con Fidel Castro.
A todos ellos y también a Juan Marinello, Secundino Guerra, Antero Regalado, Zoila ‘Tania’ Castellanos, Carlos Fernández R., Rafael Ávila, Salvador García Agüero y Ramón Calcines, les mecanografiaba todo tipo de textos. Desde actas de reuniones del comité nacional, que con su ilegible letra redactaba Flavio Bravo y yo pasaba las de caín para mecanografiar original y copia, hasta la reedición del libro Los fundamentos del socialismo en Cuba, de Blas Roca, publicado en 1960. Lo más pesado eran las ‘tablas’ con datos económicos que Carlos Rafael me daba, destinadas a los soviéticos, no sé si los de la embajada o los de Moscú.
Sin contar los imprevistos, como los versos que el 29 de octubre de 1959, el poeta Manuel Navarro Luna había acabado de componer y me dictó de una hoja de papel manuscrita. Estaban dedicados a Camilo Cienfuegos, misteriosamente desaparecido en el mar el día antes. El poema se titula A Camilo. Grabadas se me quedaron las primeras líneas: Tienes que estar caído, / tremendamente desgarrado y caído, / para que no respondas al pueblo que te llama / y ahora te busca entristecido…
Aunque el rumbo socialista de la revolución no se hizo público hasta el 16 de abril de 1961, ya la ‘cosa’ estaba ideológicamente amarrada desde 1959. Aquel lema “la revolución es más verde que las palmas” no era más que eso, un lema. En sus inicios, se pensó que el proceso revolucionario tendría un carácter nacionalista, con participación de la pujante burguesía cubana. Lo realmente cierto era lo que la gente en la calle comentaba: “Es como un melón, verde por fuera y roja por dentro”.
Regresando a la finca La Raquelita. En una pausa, mi tía Dulce me llevó al lugar donde se celebraba el secreto encuentro entre Castro y la plana mayor del PSP. Era una especie de bohío circular sin paredes. El techo de guano no permitía mucha visibilidad.
-Fidel, esta es mi sobrina Tania. Dentro de poco se irá a la Sierra Maestra, a un curso de maestros voluntarios, pero nadie en la familia cree que va a aguantar, porque mira qué flaquita es -tenía 18 años y pesaba cerca de 100 libras o 45 kilos- y es muy mona (melindrosa) para comer.
Fidel se puso de pie. No me dio la mano. Dirigiéndose a mi tía Dulce dijo:
-No se preocupen. En las montañas hasta el aire engorda.
Como ya mencioné, entre los presentes aquella tarde se encontraban los hermanos Escalante. Si César era el ideólogo (fue el creador de la comisión de orientación revolucionaria, reconvertida en departamento, hoy conocido como DOR), Aníbal era el enlace entre la dirección nacional del PSP y ‘Alejandro’, seudónimo de Fidel Castro. Cada vez que un mensaje escrito debía ser enviado a ‘Alejandro’, Secundino Guerra, alias Guerrero, me hacía dejar lo que estuviera realizando y de prisa me llevaba a la oficina de Aníbal, situada entre la de Guerrero y Manolo Luzardo, al fondo del local que entre 1959 y 1962, tuvo el PSP en Carlos III y Marqués González.
Aníbal me mandaba a sentar en la Underwood que había en un rincón de su oficina, compuesta por una mesa, tres taburetes, un pequeño librero y la máquina de escribir. Era de los pocos dirigentes del PSP que sabía mecanografiar, de cuando fue director del periódico Hoy. Cuando ya había puesto la hoja de papel, dando zancadas de un lado a otro, Aníbal empezaba a dictarme. Y yo tiquitiquitiquiti. Hacía una pausa y me decía:
-A ver, Tania, léeme qué has puesto ahí.
-Aníbal, puse lo que usted me dictó.
-Vamos, vamos, lee y no hables.
Y le leía. Si le parecía bien seguía dictando, si no, me hacía sacar el papel, él lo rompía y empezaba a dictarme de nuevo. Aníbal me decía las comas, puntos y aparte, punto y seguido, aunque no se necesitaban demasiadas reglas ortográficas. Siempre eran mensajes cortos, apremiantes, por eso les puse ‘corta y clava’.
Esas urgencias no me preocupaban. Los entresijos políticos no me quitaban el sueño. Era joven, pero no tonta. Me daba cuenta de que tenían razón los enemigos incipientes de la revolución, cuando comenzaron a propagar que “era como un melón, verde por fuera y roja por dentro”. En su macarrónico inglés, el barbudo mentirusco en 1959 decía “I am not a communist” (MTP75 Archives — Fidel Castro: ‘I Am Not A Communist’).
Y aseguraba que la revolución era más verde que las palmas. Sí, que las palmas del Soviet de Mabay. El 13 de septiembre de 1933, dirigidos por el comunista Rogelio Recio Ramírez, los campesinos del ingenio Mabay, en la antigua provincia de Oriente, fundaron un gobierno popular, bautizado con el nombre de Soviet de Mabay. Ese día, en lo más alto del central azucarero ondearía una bandera roja con la hoz y el martillo.
Siempre que tenía que teclear un ‘corta y clava’, uno de los mensajes de Aníbal Escalante para ‘Alejandro’, estaba en mi puesto, en el salón de reuniones donde se encontraba la biblioteca. Cuando había reunión, me trasladaba con la Remington a la oficina de los ‘sindicaleros’, que quedaba al lado y tenía dos mesas, una la compartían Lázaro Peña y su esposa, Zoila ‘Tania’ Castellanos, y la otra, Carlos Fernández R. y Rafael Ávila.
Entre agosto de 1959 y febrero de 1961, el tiempo que trabajé en el PSP, mi jornada laboral comenzaba a las 8 de la mañana y podía terminar a las 8 de la noche, de lunes a domingo. Por 47 pesos mensuales, aparte de mecanografiar, tenía que atender la biblioteca. Una vez, del Ministerio de Relaciones Exteriores pidieron prestados unos libros. Ese mismo día se los envié con un chofer y con él me enviaron una carta de agradecimiento dirigida a “la Dra. Tania Quintero Antúnez”. Deben haber pensado que era una mujer con un título universitario y no una estudiante de la Escuela Profesional de Comercio de La Habana.
También, a diario, tenía que ir al correo que había a un costado del inmueble donde entonces radicaba el Ministerio de Salud Pública, en Belascoaín entre Maloja y Estrella y que terminaría siendo sede del Instituto Superior de Diseño Industrial, hace poco demolido. Las reuniones del comité nacional eran quincenales, con una pausa para almorzar arroz frito y maripositas, una veintena de raciones previamente encargadas por La Mora y por mí en el restaurante chino de Belascoaín y Maloja, frente a la otrora Escuela de Artes y Oficios. Negra alta, corpulenta, La Mora vivía en Párraga y se ocupaba de colar café varias veces al día.
Por las mañanas salía unos diez o quince minutos y me tomaba una Pepsi Cola en la cafetería aledaña al periódico Revolución, en Carlos III y Oquendo. O iba a El Frisco, detrás de la Compañía Cubana de Electricidad, en Oquendo y Pocito, donde por una peseta (0.20 centavos) me tomaba una limonada frappé. Igualmente formaba parte de mi contenido de trabajo, caminar cuatro cuadras hasta el periódico Hoy, en la calle Desagüe, a llevar un artículo que debía salir en la próxima tirada.
Solía almorzar un sandwich de pan de flauta, jamón dulce, pierna asada, queso y pepinillo que por 50 centavos preparaban en la famosa cafetería OK, en Zanja y Belascoaín. O iba con mi padre, José Manuel Quintero Suárez, custodio y recepcionista del comité nacional del PSP, al café, estilo parisino, en Reina y Belascoaín. Allí tomábamos café con leche, la ‘bebida’ típica de los habaneros. Lo servían en jarras de cristal y en un platico, rebanadas de pan caliente y mantequilla.
De vez en cuando me llegaba hasta una tiendecita que había en Belascoaín entre Reina y Estrella, y compraba alguno de los dulces tradicionales que allí vendían: cremitas de leche de Cascorro, raspadura, boniatillo, coquitos prietos, pasta de tamarindo, cucuruchos de Baracoa, guayaba en barra, mermelada o casquitos, entre otras delicias elaboradas en las seis provincias que entonces Cuba tenía (Pinar del Río, La Habana, Matanzas, Las Villas, Camagüey y Oriente).
Esas ‘chucherías’ no me engordaban. Seguía pesando 100 libras. Fue después de cuatro meses en el campamento La Magdalena, Minas del Frío, y luego de haber subido tres veces el Pico Turquino —el más elevado de Cuba, con 1.974 metros de altitud— que dejé ser flaquita. Cuando regresé a La Habana pesaba 130 libras.
Junto con varias ‘chinas pelonas’ (piedras) del río La Plata, en la mochila traía también un certificado por haber alfabetizado a Moña, una campesina que vivía en lo alto de la loma que quedaba frente a La Magdalena. Tres veces a la semana iba a su bohío. Además de enseñarle a leer y escribir, la ayudaba en tareas domésticas. De merienda me daba malanga hervida con trozos de puerco que guardaba en manteca, dulce de frijol caballero (parecido a las judías) y un jarro de café claro.
Texto y foto: Diario de Cuba, 16 de abril de 2026.
Publicado originalmente en Diario de Cuba.


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