Si Jesús Díaz no hubiera fallecido el 2 de mayo de 2002, el próximo mes de octubre cumpliría 85 años. Y si la salud le hubiera acompañado, tal vez no seguiría haciendo cine, pero sí periodismo y literatura.
Se fue demasiado pronto. Aún recuerdo la noche cuando me dieron la noticia. Había ido a visitar al ingeniero José Ramón López y su esposa Sonnia, bibliotecaria de profesión, que residían en un edificio de apartamentos en 25 y K, Vedado, detrás de la furnia donde construyeron la Torre K, el hotel más alto de La Habana.
Serían pasadas las 8 de la noche cuando de mi casa me telefonearon, para decirme que de ‘afuera’ alguien había llamado (no dijeron el nombre, fue Carlos Alberto Montaner) para comunicarme la muerte repentina de Jesús Díaz en Madrid.
La noticia también conmovió a López y a Sonnia. Ellos, como el resto de los cubanos con un nivel cultural promedio, sabían quién era Jesús Díaz. Habían leído Los años duros (1966) y Las iniciales de la tierra (1987) y habían visto Polvo rojo, estrenada en 1981, película muy debatida en Cuba. También el documental 55 hermanos (1978). López, además, conocía a Jesús de la universidad y sabía los jaleos que se produjeron por la revista Pensamiento Crítico (Jesús Díaz Rodríguez, El fin de otra ilusión. A propósito de la quiebra de El Caimán Barbudo y la clausura de Pensamiento Crítico).
En enero de 1996, entre los periodistas oficiales, se comentaba la entrevista (Jesus Díaz: “Escribo para acompañar, no para denunciar”) que Rocío García, de El País, le hiciera a Jesús Díaz, en particular este fragmento:
“Fue en Berlín, donde trabajaba becado para escribir la obra ahora editada (se refiere a La piel y la máscara), cuando dictó una conferencia, Los anillos de la serpiente, posteriormente publicada en los grandes diarios internacionales (El País, 12 de marzo de 1992). La respuesta cubana fue una carta del ministro de Cultura, Armando Hart, de la que Díaz recuerda de memoria las últimas líneas, en la que le tildaba de traidor e infame. Le expulsaron de la Unión de Artistas y Escritores de Cuba, “inventándose” que pertenecía a una organización contrarrevolucionaria dirigida por Vaclav Havel”.
Para esa fecha, yo había ‘desertado’ de la prensa oficial, controlada por la Seguridad del Estado y el Partido Comunista, y me había convertido en periodista independiente de Cuba Press, agencia fundada por Raúl Rivero el 23 de septiembre de 1995. Pero todavía seguía relacionándome con colegas del ICRT, el último medio donde trabajé (1982-1996).
En voz baja, en la calle, mirando a ver si alguien se acercaba, un periodista le preguntaba a otro si había leído “las declaraciones de Jesús”. Declaraciones que provocaron un tsunami dentro de la nomenklatura verde olivo.
En medio del oleaje de comentarios, una tarde me cita a su despacho Enrique Román, presidente del ICRT (1990-1999). Antes de ser nombrado en ese cargo, Román había sido funcionario del DOR (Departamento de Orientación Revolucionaria). Tanto Román como otros funcionarios del DOR, solían invitarme a sus oficinas para que les diera mis puntos de vista sobre la aburrida prensa estatal. Siempre les decía lo mismo: no se le pueden pedir peras al olmo, es imposible hacer un periodismo militante que sea creador.
Invitaciones que aprovechaba para criticar el desabastecimiento, lo mal que andaba la educación y la salud, el desastroso transporte público, las viviendas y los cines cayéndose, así como el aumento de la violencia, entre otros temas de la realidad cotidiana. Me escuchaban en silencio, sabían que no decía mentiras ni exageraba.
Lo aclaro para que pueda entenderse por qué a una periodista autodidacta como yo, que nunca fue militante de la ujotacé ni del pececé, el presidente del ICRT quería saber mi opinión sobre lo que Jesús Díaz había dicho en Berlín. Le dije la verdad, que lo sabía por rumores periodísticos y no podía opinar.
De una gaveta de su buró, Román sacó una fotocopia que resumía lo que Jesús había dicho en Berlín. La leí y le dije que estaba de acuerdo y que en vez de formar ese ‘revolú’, debían tomar nota de lo que decía y analizarlo, porque si un intelectual de su calibre hacía esos planteamientos, era una señal de malestar y descontento entre la intelectualidad cubana. No me respondió, solo quiso saber si yo creía que Jesús regresaría a Cuba.
Le dije que sí, pues a Jesús lo consideraba muy cubano y muy habanero, pero después tendría que exiliarse, porque le harían la vida un yogurt. En ese momento desconocía lo que en enero de 1996 había publicado El País: “Supo entonces que ya no podría volver a su país: ‘No tengo madera de mártir ni de héroe. Pero sueño con mi regreso a Cuba, pero no al precio de callarme. Como ahora esto no es posible, prefiero pagar el costo del exilio, en lugar de pagar el costo del silencio’”.
No me acuerdo la fecha de un encuentro de intelectuales celebrado en el Palacio de las Convenciones, donde Jesús Díaz participaba. Creo que fue su última presencia en un evento en La Habana. Mi jefe en la redacción de programas especiales del ICRT, Roberto Romay, me dio la encomienda de tratar de entrevistar a Jesús, algo que no me resultó complicado: era un tipo sociable, accesible.
En dependencia de lo que Jesús dijera, me aclaró Romay, saldría en el NTV de las 8 de la noche, la emisión estelar. Edité la entrevista en los dos minutos que me pidieron. Antes de salir al aire, la vio Romay. No le gustaba algo que Jesús había dicho y me sugirió quitarlo, o sea, editarla de nuevo. Solté la ‘chancleta’ (me encabroné). Me negué. Salía así o no salía. Y salió así.
Entonces, no podía imaginar que un día tendría en Jesús Díaz un amigo sincero. Raúl Rivero, mi hijo Iván García y yo, fundadores de Cuba Press, encontramos en Jesús un fiel aliado del incipiente periodismo independiente en Cuba.
A menudo, desde Madrid, Jesús llamaba a Raúl a su casa de Centro Habana. En la conversación no podía faltar la última y gran obra de Jesús, destinada a los cubanos de la isla y de la diáspora: la revista Encuentro de la Cultura Cubana (1996-2009), cuyo primer número vio la luz en el verano madrileño de 1996.
A Raúl Rivero le publicaron varios textos y poemas, a mí una crónica que Jesús me pidió, de cuando cumplí los 15 años, en 1957, y un reportaje a pie de calle en La Habana Vieja. También aparezco en una entrevista del periodista suizo Ruedi Leuthold titulada Dos destinos: Tania Quintero e Ibrahim Ferrer. Pero lo emocionante de aquellos años, era conseguir y poder leer un ejemplar de la revista Encuentro, casi siempre a través del consejero cultural de la Embajada de España. Era bimestral y cada dos meses, cuando me avisaban, iba a recoger varios ejemplares.
Desde su primer número, Encuentro de la Cultura Cubana fue una publicación prohibida en la Isla, catalogada como ‘propaganda enemiga’ por la Seguridad del Estado. A buscar esos ejemplares iba en la ruta 4, que hacía el recorrido desde el paradero de Mantilla hasta la esquina de Prado y Cárcel, a dos cuadras de la Embajada. Me ponía el vestido de algodón que usaba para hacer los ‘mandados’ y llevaba la misma jaba para ir a la bodega, la panadería, el agro o la carnicería.
En una ocasión, junto con las revistas, venía una carta a mi nombre. Manuscrita, dentro un billete de 20 dólares. Jesús me pedía si podía tirar unas fotos donde se vieran personas con la revista Encuentro. En una tienda de Habaguanex, compré una camarita Kodak desechable. Ese mismo día, hice una foto con una joven del barrio, de la raza negra, que estaba en la cola del Consulado. La senté en el muro del malecón con un ejemplar de Encuentro en sus manos. Después, con amistades y vecinos hojeándola, leyéndola o en una mesa o librero. No sé si sirvieron, las imágenes de esas camaritas son de baja calidad.
Ese fue un momento por mí vivido. Hubo otros, que fueron decisivos para que desde la Isla los periodistas independientes de Cuba Press pudiéramos continuar escribiendo y enfrentando la vigilancia, hostigamiento y represión por parte de la policía política. Y fue la ayuda monetaria, por iniciativa personal, que Jesús siempre nos hizo llegar. Telefoneaba a Raúl Rivero y sin dar detalles ni explicaciones, le decía que pasaran a recoger un envío. Raúl me llamaba y me pedía que fuera a su casa.
Cuando llegaba, solo necesitaba decirme dos palabras: “Jesucristo llamó”. Ya yo sabía que ese mismo día o al siguiente, iría a la Embajada de España. Uno de los diplomáticos españoles que en aquella época le dieron un gran apoyo a la disidencia interna y la prensa independiente, me entregaba un sobre con una carta dirigida a Raúl, casi siempre acompañada de un libro o un par de ejemplares de la revista Encuentro de la Cultura Cubana. Cuando estábamos pidiendo el agua por señas, nuevamente ‘Jesucristo’ nos tiraba un ‘cabo’ y podíamos seguir reportando desde Cuba.
Con relación a la figura de Jesús Díaz en esa época y a la repercusión que tenía Encuentro de la Cultura Cubana en la Isla, en particular en La Habana, un buen testimonio podría darlo el escritor José Prats Sariol, a quien a menudo visitaba en su casa, en forma de castillo, en la calle Luis Estévez, en Santos Suárez. Si Jesús era muy bien valorado entre la mayoría de los intelectuales cubanos, también lo era en la disidencia y la prensa independiente.
El 18 de marzo de 2003, cuando Fidel Castro puso en marcha una gran oleada represiva contra opositores y periodistas independientes, conocida como Primavera Negra —recientemente recordada en Diario de Cuba—, por la noche, de mi casa saqué cartas, fotos, documentos, libros, revistas…
Los llevé a los domicilios de cuatro amistades de confianza. Los ejemplares de Encuentro de la Cultura Cubana me los guardó el padrastro de Ariel de Castro, que vivía a unas ocho cuadras. Ariel, amigo de Iván y mío del barrio, fue periodista independiente de Cuba Press y desde el 2000 residía con el status de exiliado político en Estados Unidos.
La biblioteca que organizó en su apartamento habanero el periodista y expreso político Julio César Gálvez, desde que la inauguró, a fines de la década de 1990, se llamaba Jesús Díaz. Aunque Jesús y yo éramos agnósticos, el 2 de junio de 2002, día que se cumplía un mes de su partida, encargué una misa a su nombre en la Iglesia de los Padres Pasionistas, en Vista Alegre y Buenaventura, Lawton, cercana a nuestro edificio.
De estar vivo y saludable, Jesús hubiera seguido apoyando a la prensa independiente, bien desde la revista Encuentro de la Cultura que tal vez no hubiera desaparecido, la web Encuentro en la Red, después denominada Cubaencuentro y que al separarse, en diciembre de 2009, se convirtió en Diario de Cuba, sitio digital de referencia que dirige su hijo Pablo Díaz Espí.
Hará diez años, a propósito de Taniapress, servicio personal de noticias que desde 2005 realizo, un amigo en un correo me dijo: “Cuando leo tus Taniapress me embarga la angustia, porque cuentas historias y anécdotas, que llenan un vacío tremendo. Y me asusta que las actuales generaciones no tengamos tu historiografía y tu mirada como material de estudio y luz”.
Hoy soy yo la que tengo que decir que al recordar al autor de Los años duros, me embarga la angustia, por el tremendo vacío que dejó. Y me asusta que las actuales generaciones no conozcan y olviden el legado de intelectuales de la talla de Jesús Díaz.
Texto y foto: Diario de Cuba, 2 de mayo de 2026.
Publicado originalmente en Diario de Cuba.


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