José Antonio, obrero metalúrgico jubilado, recuerda diversos momentos en que Cuba estuvo en pie de guerra para enfrentar “al ejército de Estados Unidos”. Con apenas 16 años, vistió de miliciano y fue destinado al central azucarero Australia, muy cerca de Bahía de Cochinos. “Era estudiante de bachillerato y en nombre de la revolución tenía que luchar contra el agresor imperialista. Sesenta y cinco años después, me pregunto cómo nuestros padres no fueron conscientes del peligro que corríamos al apoyar las locuras de Fidel”.
Viajaron desde La Habana en ómnibus Leyland del transporte público y se emplazaron a la espera de recibir la orden de combate. “Yo tenía un miedo del carajo. La Pepechá (fusil) era casi de mi tamaño. Por suerte no tuvimos que pelear. Combatimos contra cubanos como nosotros, solo que pensaban diferente. También fui movilizado durante la Crisis de Octubre, sin saber qué era una guerra nuclear. A fines de la década de 1970 estuve en Angola, una guerra civil entre angoleños que no nos incumbía. Todo eso lo comprendí después”.
En la primavera de 2026, José Antonio se siente estafado. “He arriesgado mi vida por Fidel y su revolución, he cortado caña, he realizado trabajos voluntarios y supuestas proezas laborales por gusto. ¿Qué tengo? Nada, absolutamente nada. sSolo dos o tres medallas de calamina y diplomas que hace rato tiré a la basura. Al gobierno no le importa que mi casa se esté cayendo, que estoy pasando hambre y la diabetes me está matando. ¿Por qué tendría que defender a Díaz-Canel y al resto de su camarilla? ¿Por apagones de un montón de horas? ¿Por no tener comida? ¿Por vivir en la miseria mientras ellos viven como millonarios? Te hablan de revolución y socialismo como si fuera sinónimo de patria y cubanía”, concluye José Antonio.
Mientras el jubilado habanero se queja de la corrupción institucional, pésima gestión de los servicios básicos y aclara que no estampó su rúbrica en la última iniciativa del castrismo, denominada Mi firma por la Patria, Lilian, enfermera de 56 años, no sabe explicar por qué simula apoyar al régimen.
Tiene a su hijo, un hermano y dos sobrinas en las “entrañas del monstruo” y por agencias privadas desde la Florida, con regularidad le giran entre 250 y 400 dólares. Además, su familia le ha comprado un televisor de 65 pulgadas, un refrigerador de 26 pies, una gama completa de electrodomésticos y una estación portátil eléctrica Ecoflow de 3600 watts que le permite tener alumbrada la casa durante los apagones.
Lilian quiere cambios políticos y económicos. En las redes sociales, con un perfil falso, ha llegado a pedir la renuncia del gobierno. Pero tiene miedo. “Voy a trabajar por vocación, no por el ridículo salario. Gracias a mi familia no tengo carencias”. Cuando usted aborda temas políticos, esquiva el debate con la manida frase de que “la política es muy cochina, pues hoy los gobiernos se insultan y mañana se dan un abrazo. En Cuba, la mayoría firma cualquier papel, no por apoyar a la revolución, al partido o a Díaz-Canel, lo hacemos por inercia”.
“Llevamos 67 años actuando así. Es como activar el piloto automático. La directora del hospital dijo en el matutino que había que firmar, y por complejo de manada, firmamos. No quería marcarme delante de mis compañeras. Es mentira que pierdes el empleo. Pero no eres bien vista. Por esa misma razón fui al 1ro. de Mayo. La gente va más a descargar y darse unos tragos de ron que a respaldar al gobierno”, se justifica.
Carlos, sociólogo, explica que esa conducta de millones de cubanos, “se llama síndrome de Estocolmo. Es un fenómeno incongruente donde las víctimas desarrollan un vinculo positivo, a veces afectivo, con sus captores o rehenes que lo tienen secuestrado. La mente humana trata de olvidar los malos momentos y recordar los placenteros. Casi la totalidad de los cubanos sabe que viven en una sociedad totalitaria y de múltiples formas le pueden castigar por un comportamiento inadecuado o políticamente incorrecto”.
“Los que han vivido en una dictadura saben dónde está la línea roja, la raya que no debes pasar. Y si la cruzas, puedes recibir un linchamiento verbal, perder el empleo o ir a prisión. Entonces proliferan esas conductas paradójicas en ciudadanos que en privado dicen una cosa, y en público se manifiestan de otra. Romper con esa barrera es complejo. La mayoría opta por simular, callar o emigrar. En dictaduras como la de Cuba, la disidencia pública es mínima, aunque muchos ciudadanos te apoyen en silencio”, opina el sociólogo.
El régimen conoce el poder intimidatorio del miedo. Y lo utiliza aprobando decretos que regulan y castigan el uso de las redes sociales “si denigran a funcionarios del partido comunista o menoscaban a la revolución”. Se sanciona con muchos años de cárcel a los que salgan a protestar en las calles, se afilien a una organización opositora o simplemente escriban un artículo que la dictadura considere ‘contrarrevolucionario’.
Hernán, licenciado en historia, asevera que “el desgaste político, la corrupción y mala gestión gubernamental ha provocado que ese control social tenga innumerables fisuras. La llegada de internet ha generado que infinidad de cubanos puedan tener otra versión de los hechos. Con una rápida búsqueda en Google, cualquiera se da cuenta cuando un dirigente miente descaradamente. El actual régimen no es original en su campaña propagandística. Usan la misma narrativa de hace medio siglo. Y ya eso no funciona”.
“La gente está cansada de sus vidas precarias. Los reflejos condicionados y el miedo que aún subsisten, llevan a la ciudadanía a participar en actos políticos y firmar documentos contrarios a su manera de pensar. Esto lo aprovecha el gobierno para demostrarle a la opinión internacional que lo apoya un alto porcentaje de la población. Pero quienes conocen los mecanismos de los sistemas totalitarios, saben que la gente asiste por temor, adoctrinamiento, acoso del sindicato o del partido”.
La dictadura castrista, a pesar de la feroz crisis multisistémica, dedica cuantiosos recursos en organizar actos que luego venden como muestra de ‘apoyo popular’. Díaz-Canel, presidente designado por el autócrata Raúl Castro, declaró que Mi firma por la Patria es más que una firma. “Es una acción de unidad en defensa de la soberanía nacional”. Y levantó un cuadro mostrando que más de seis millones de cubanos habían firmado.
Según Edgar, ex empleado de una oficina del registro de dirección y carnet de identidad, perteneciente al MININT, “esas firmas no tienen valor jurídico y probablemente estén adulteradas. Sin contar la contradicción alarmante de las cifras. En el último padrón electoral, de 2023, estaban registrados poco más de ocho millones de cubanos. Y fueron a votar algo más de seis millones y más de un millón de electores dejaron la boleta en blanco o escribieron mensajes antigubernamentales y fueron anuladas”.
“Es imposible que tres años después, cuando han emigrado casi dos millones de personas, casi el cien por ciento de la población haya firmado apoyando al gobierno. Si descontamos a los menores de edad (0 a 15 años), reclusos y personas con facultades mentales disminuidas, por la ley incapacitadas, es imposible que más de seis millones hubiera firmado ese documento”, considera Edgar.
Un realizador del ICRT que estuvo en la marcha del 1ro. de Mayo, cuenta a DLA que “siendo generosos, participaron unas 250 mil personas. Y una parte significativa se marchó cuando comenzaron los discursos. Han cambiado la Plaza de la Revolución por la Tribuna Antiimperialista, para que no se note la disminución de la asistencia masiva. Como en la Plaza, por la explanada y la avenida, es mucho mayor el espacio, en los planos televisivos se notaría el vacío. La Tribuna son dos cuadras y media de largo y más estrecha de ancho. Con un plano general o aéreo daba sensación de masividad, pero si cerrabas el plano, se notaban los vacíos”.
Dayana, alumna de preuniversitario, cuenta que “los estudiantes asisten pa’ relajarse y armar bonche. Fui porque quiero ligar a un muchacho de doce grado. Nadie del aula simpatiza con el gobierno”.
Darío, chofer de una empresa turística, confiesa que “firmó el libro y fue al 1ro. de Mayo por compromiso con mi jefe. El tipo me deja el carro después del horario de trabajo y me resuelve gasolina. Eso me sirve para botear después de la pincha y buscar dinero para mantener a mi familia”.
El jubilado José Antonio no vio el desfile por la tele. “Por mi salud mental, ya no veo nada ni leo la prensa oficial. Si vienen las fuerzas Deltas, que vengan. Que otros cojan el fusil. Esta no es mi guerra”.
Foto: Tomada de la Agencia Cubana de Noticias.
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