El chiste del hombre nuevo

La formación del hombre nuevo siempre ha sido una faena estéril. El comandante Ernesto Che Guevara, su precursor, con su bombilla de mate, deliraba en los momentos de descanso en la guerrilla, camino a Santa Clara, a finales de 1958. A esas alturas de la guerra frente al dictador Fulgencio Batista, el argentino era un convencido de que en la sociedad futura que se construiría en Cuba, había que comenzar por diseñar un hombre de laboratorio.

Soñaba, y creía posible el Che, un maoísta y comunista radical, que se necesitaba mano dura para disciplinar a la divertida -y con tendencia a la holgazanería y la informalidad- población cubana. Según Guevara, a estos criollos dados a las fiestas y los carnavales sin fin, jodedores e irrespetuosos con las mujeres del prójimo, les hacía falta una revolución, con una dosis de represión y terror que permitiera la construcción de una sociedad comunista.

El argentino lo intentó. En el poco tiempo que fue ministro y hombre importante en la política cubana, además de disparar el gatillo festinadamente en los amplios y húmedos patios que servían de pelotón de fusilamiento en la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, impuso el trabajo voluntario, la estimulación moral y otras fórmulas que el médico de Rosario había leído en sus ensayos marxistas.

Hasta que se dio cuenta que fabricar hombres probetas en serie, que fueran monógamos y no movieran las caderas al ritmo de tambores, era una misión imposible en una isla de sol, aguardiente y locura. Che era un fanático convencido, polémico y con una fe a prueba de balas. Pero su amigo Fidel Castro era de otro espécimen.

El abogado de Birán, en el mejor de los casos, era un oportunista pragmático e inflado de ego, un narcisista que vio en tipos como el Che y la ideología comunista, la mejor manera de diseñar un poder duradero y efectivo. Guevara entonces se marchó a lo suyo. A los focos guerrilleros y la formación de máquinas de matar que aniquilaran sin piedad a los gringos, en cualquier parte del mundo.

Murió convencido, y poniendo el pellejo para intentar demostrar sus verdades, el 7 de octubre de 1967 en la Quebrada del Yuro, Bolivia. Después de su caída, se ha convertido en una de las operaciones de marketing más grandes de la historia. Castro, cubano al fin y al cabo, sabía que modificar el alma de los suyos, dados a la santería y a no tomarse las cosas en serio, era un asunto de ilusos.

Para dominar durante décadas, ha usado el miedo, las cárceles, un poco de idealismo barato y aquella moralina que con emoción le contara Ernesto Guevara en los días que estuvieron en una celda del Distrito Federal de Ciudad México, entre partidas de ajedrez y discusiones teóricas sobre el futuro de Cuba y América Latina.

Del hombre nuevo que soñara Che Guevara no queda ni un átomo. Casi todos los cubanos roban cualquier cosa en sus puestos de trabajo, desde un bombillo hasta una hoja de papel. Cuando alguien comienza en un nuevo puesto, no le interesa cuánto salario devengará, sino cuánto se puede robar.

La revolución fidelista se fue a bolina. Hablar del hombre nuevo es hoy un chiste de mal gusto en Cuba.

Foto: Tomada de Cubanet.


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