Los cien años de mi padre

Nota.- Esta crónica, inédita, la escribí el 21 de diciembre de 2008, el día que mi padre hubiera cumplido cien años.

Mi padre, José Manuel Quintero Suárez, nació el 21 de diciembre de 1908 en Palmira, Cienfuegos. Sólo fue a la escuela hasta el tercer grado, porque muy pronto empezó a trabajar como panadero, para ayudar a sus padres y hermanos. Falleció en La Habana, el 7 de octubre de 1966. En la foto puede vérsele, vestido de militar, de medio lado. En ese momento, 1963, pertenecía al Departamento de Reeducación de Menores del Ministerio del Interior (MININ), dirigido por uno de los hermanos Quintela, si no me equivoco era Carlos, el que después fuera esposo de Rosa Berre, pero no estoy segura.

Desde los años 30 hasta el 26 de julio de 1953, mi padre alternó su oficio de barbero ambulante con el de guardaespaldas de Blas Roca. Después se quedaría pelando y afeitando a domicilio y realizando diversas tareas encomendadas por el Partido Socialista Popular, como ser correo entre Blas Roca y la militancia del PSP que luchaba por el derrocamiento de la dictadura de Batista. En enero de 1959, él y otro militante, Pedro Pablo, serían los encargados de cuidar las oficinas del Comité Nacional del PSP, en Carlos III y Marqués González. Lo hacían desde una pequeña mesa, a la entrada, vestidos de civil, con una pistola debajo de la camisa. Cuando en 1961 se crea el MININT, tanto él como Pedro Pablo pasaron a integrar sus filas.

En 1962 a mi padre le proponen el que sería su último trabajo: recoger niños abandonados en las calles, algunos marginales, otros delincuentes. Una labor aparentemente sencilla, pero que requería estar recorriendo la ciudad, sobre todo por las noches, hora en que los menores acostumbraban salir a cometer fechorías. En una vieja casona en Jaimanitas funcionó el primer centro de reeducación que tuvo el MININT. En 1963 se abrió el Campamento de Reeducación de Menores, en Pino del Agua, intrincada zona montañosa de la Sierra Maestra, hoy perteneciente a la provincia Granma.

Cada tres semanas tenía una semana de pase. Entonces viajaba a La Habana y se pasaba esos días en la casa. En esa foto ya estaba mortalmente enfermo. En 1964 no pudo regresar más a Pino del Agua. Desde el primer momento su médico en el Centro Benéfico Jurídico, el Dr. Sotolongo, le dijo la verdad: “Quintero, estás embarrado de salsa de tomate con mermelada de naranja”. En dos palabras: corazón e hígado. Las primeras personas en saberlo fueron mi madre y yo.

Del MININT, todos los meses, le llevaban su salario, 212 pesos, y todas las semanas le mandaban una caja con viandas, frutas, pollo, pescado, carne de res… Él le pidió a mi madre que abriera una cuenta en el banco que había en Monte entre Castillo y Pila. Y ella todos los meses depositaba 100 pesos. “Ese dinero es para cuando yo me muera, para que me velen en la Funeraria Caballero o Rivero, en un féretro de caoba, con un sudario encima y rosas a nombre de ustedes, de mis nietos y de Matilde (su madre)”. No quería que tuviéramos que depender de colectas o poninas ni tener que pasar ‘cepillos’.

También nos pidió que no guardáramos luto, porque él no creía en eso. Tuvo tantas coronas que se necesitaron dos carros de bomberos para transportarlas. Fue enterrado el 8 de octubre de 1966, en el panteón donde reposaban los restos de Josefa Calderío, la madre de Blas, en el Cementerio de Colón. Bajo un aguacero de espanto, Blas despidió el duelo. Del cementerio, Blas fue directo para el taller de linotipo del periódico Granma y redactó una nota, que salió al día siguiente.

En ella se anunciaba el deceso de “un viejo luchador revolucionario”. Ese recorte lo llevaba siempre conmigo, pero en junio de 2003, mientras hacía cola para coger la ruta 13 en el Parque de la Fraternidad, me carterearon. Y junto con los 20 pesos y 2 dólares que tenía en la billetera, me llevaron el recorte, que estaba junto con la foto que le hizo el BRAC (Buró de Represión de Actividades Comunistas) cuando lo detuvieron por primera vez, y que habían encontrada cuando desmantelaron el tenebroso lugar en 1959.

De haber vivido hasta hoy, hubiera estado orgullosa de mí, su única hija; de sus dos únicos nietos, Tamila e Iván, y sobre todo de sus dos bisnietas, Yania y Melany, quienes de su bisabuelo heredaron su forma independiente de ser y pensar.

Nota.- Crónica inédita que escribí el 21 de diciembre de 2008, el día que mi padre hubiera cumplido cien años.


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