Sábado 17 de junio de 2023. Después de preparar un puré de malanga, Sonnia, 78 años, llamó a su esposo José Ramón López, para que fuera a almorzar. Encendió la tele para ver el noticiero y fue a la habitación. “Viejo, se te enfría la comida”, le dijo, mientras lo zarandeaba por el hombro. Había fallecido. Un día antes del Día de los Padres y tres antes de su 85 cumpleaños, el 20 de junio.
Oriundo de Santa Clara, en la antigua provincia de Las Villas, José Ramón López Rodríguez era un tipo genial. Su vida da para un libro y una serie de Netflix. En 1964, López se graduó de ingeniero eléctrico en la Universidad de La Habana y un año después fundó la revista Juventud Técnica, que tuvo gran aceptación entre la población. Por su trabajo, en 1970 estuvo cinco meses en Japón. Su profesión no le impidió realizar investigaciones sobre la importancia de la nutrición y la actividad física en la salud.
Por su cuenta, estudió profundamente el cuerpo y la mente del ser humano. A partir de 2001 y hasta 2013 redactó y en PDF distribuyó un boletín científico denominado Salud y Longevidad. Desde mucho antes, había sido promotor de las carreras de maratón en Cuba y durante décadas corrió como maratonista por las calles habaneras.
Nacido en 1938, el ingeniero José Ramón López vivió veinte años de su existencia en la Cuba republicana (1902-1958). Después conocería —y se desencantaría, como muchos cubanos— de la ‘revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes’. Y en la etapa final de su vida, sufrió los mismos problemas que hoy tiene la población en Cuba, un país donde la enfermedad y muerte de un familiar se convierte en un verdadero calvario.
“Había un solo carro fúnebre para toda La Habana. Imagínate, una capital con dos millones y medio de habitantes y más de quince funerarias. Medicina Legal es un asco. Sin aire acondicionado, un hedor tremendo y los cuerpos amontonados unos encima de otros. Para apurar la autopsia tienes que dar dinero. De la cremación ni te cuento: ahora la hacen en Berroa, en la Habana del Este, lejísimo del centro de la ciudad, y tienes que llegar por tus propios medios. Cuesta 340 pesos. Pero si no quieres que el difunto esté un mes sin incinerarlo, tienes que pagar dinero por la izquierda. Una falta de sensibilidad total. El Estado ni siquiera es capaz de brindar una atención decente cuando un ciudadano fallece”, rememora Sonnia, la viuda de López.
Desde Quivicán, a unos 40 kilómetros del centro de La Habana, Dalia, ama de casa, cuenta que “la ambulancia de Medicina Legal nunca fue a recoger el cuerpo de su madre fallecida en su domicilio, y como ya apestaba, lo tuvimos que llevar a hacer la autopsia en la carreta de un tractor. En la funeraria teníamos que estar atentos, porque si te entretienes, al difunto le roban la ropa, los zapatos o cualquier otra prenda”.
Eduardo, taxista, comenta que “si no tienes dinero para pagarle a un carpintero privado que te haga un sarcófago, corres el riesgo de que en medio del entierro la caja se desfonde. Lo viví en primera persona. Estábamos enterrando a mi padre, que no fue una muerte inesperada, pues padecía de cáncer y la familia con tiempo encargó un sarcófago a un particula, cuando en el entierro que precedió al nuestro, la caja se despedazó. Una escena lamentable. En Cuba nada funciona”.
En una carpintería estatal en Bejucal, municipio de la provincia Mayabeque, al sur de la capital, los sarcófagos se amontonan en un cubículo sin ventanas, rodeados de aserrín y rollos de tela negra, a la espera que la empresa de servicios funerarios pasen a recogerlos. “Son de pésima calidad. La peor madera. Igual que la tela que recubre los ataúdes y los enchapes, que son de lata. Las cajas vacías hay que moverlas con cuidado porque la madera se agrieta con cualquier golpe. Como hay déficit de cristales, le ponemos un pedazo de acrílico en la cabecera, que al enterrar a la persona se lo quitamos para usarlo en otras cajas”, explica un trabajador.
Los servicios funerarios en Cuba son administrados por el Estado. Según Caridad, profesora, los problemas van más allá de no poder elegir un sarcófago de calidad. “Hace una semana murió mi padre. Aquello fue tremendo. La ambulancia demoró quince horas para trasladarlo de la casa al hospital y después otras cinco horas para llevarlo a la funeraria. En la de Santa Catalina, en La Víbora, no había ni café. Las coronas que venden los establecimientos estatales tienen las flores marchitas y están chapuceramente confeccionadas”.
Alberto, dueño de una cafetería en Arroyo Naranjo, desembolsó más de 200 dólares en los trámites mortuorios de un pariente. “Un ataúd hecho por un carpintero particular me costó cien dólares. Gasté otros cien dólares en alquilar autos, comprarle comida a los familiares y encargar coronas decentes. Le pagué mil pesos a un trabajador de la funeraria para que maquillara el cadáver y a cada sepulturero le dí 500 pesos, para que en la bóveda colocaran una jardinera con flores blancas y velaran que no sustrajeran el cadáver”.
La prensa independiente ha reseñado casos de robos de osamentas humanas en los cementerios cubanos para utilizarlos en ‘trabajos’ de la religión yoruba. “Los paleros son los suelen hacer esos ‘trabajos’. Por la noche se roban los huesos o le pagan a custodios del cementerio, que ganan una miseria (poco más de dos mil pesos), y por diez o quince dólares permiten que se lleven los restos óseos de una tumba”, aclara un trabajador de la necrópolis de Guanabacoa.
Por ese vandalismo humano, en La Habana se ha puesto de moda incinerar a los muertos. “Cobran 340 pesos. Es un proceso rápido. Luego colocan las cenizas en un recipiente y las guardas en tu casa, la esparces en el mar u otro sitio que el fallecido hubiera pedido. Pero como en el crematorio hay una lista de espera, si quieres agilizar la incineración debes pagar tres mil pesos”, explica Darién, quien guarda las cenizas de su madre al lado de su cama.
Un sepulturero del Cementerio de Colón, en El Vedado, dice que “un tiempo atrás recibíamos una estimulación salarial si enterrábamos 50 cadáveres cada mes”. Supuse que era una broma. Pero no lo es. Rastreando en internet encontré que hace ocho años, el periodista independiente Moisés Leonardo Rodríguez, publicó una nota en CubaNet donde confirmaba que en el cementerio del Mariel, provincia de Artemisa, la empresa funeraria local premiaba salarialmente a sus trabajadores si efectuaban 34 entierros mensuales como mínimo.
Una empleada de Mauline, funeraria situada en el municipio habanero de Arroyo Naranjo, corrobora que durante un tiempo “a los empleados de servicios fúnebres se les pagó a destajo, o sea, según la cantidad de muertos. Pero durante la pandemia del Covid, cuando fueron miles los decesos, quitaron esa estimulación, dijeron que estábamos ganando mucho dinero. Trabajar en una funeraria o de sepulturero es la última carta de la baraja”.
Y es que en Cuba, hasta morirse es una odisea.
Publicado en el blog Desde La Habana el 26 de junio de 2023.
Foto: Tomada de Cubanet.
Publicado originalmente en el Blog Desde La Habana.


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