En cualquier sitio del planeta pertenecer al sexo femenino es un reto. En Cuba también, pero elevado a la décima potencia. Todos los días hay que ponerse pantalones debajo de las faldas. Y bien amarrados.
Porque aunque la palabras “hemos alcanzado la plena igualdad, y hemos sido liberadas por la revolución”, en la práctica vivimos con tantas o mas necesidades que nuestras antepasadas.
La mitad de los 11 millones de habitantes del archipiélago cubano son mujeres y la otra mitad, hombres. En eso estamos parejos. Si nos pusiéramos en fila a lo largo de toda la Isla, para cada hembra habría un varón.
Pero el equilibrio poblacional se rompe en la realidad: la mujer tiene que lidiar con unos cuantos machos, diariamente. Primero están los de la famlia: abuelos, padres, esposos, hermanos, tíos, primos, cuñados y otros parientes. Luego le siguen los de su entorno. Si trabaja, los jefes, que casi todos son hombres.
Si es ama de casa, a los hombres de la familia tiene que añadir a bodegueros, panaderos, carniceros, dependientes de los agromercados y cobradores de la luz, entre otros.
Si los varones bajo su abrigo son hombres de bien, podrá darse con un canto en el pecho: no tendrá que vérselas con policías ni abogados, un mundo donde el sexo opuesto predomina.
El color de la piel es también un factor determinante. Una mujer blanca tendrá mas posibilidades de conseguir empleo que una negra, a no ser que esta aspire a un puesto en la cocina o la limpieza. Si el puesto es de más categoría y preparación, tendrá que demostrar que lo único que tiene oscuro es la piel y tratar de vencer innumerables prejuicios que todabía quedan.
En la esfera del jineterismo y la prostitución, las mulatas llevan la delantera. En los deportes, negras y mestizas son mayoría. En el arte y la cultura muchas prietas se dedican a la música y la pintura, mientras es menor el porcentaje en la literatura y la poesía. En el periodismo no sobresalen demasiado las pardas.
También hay que tener en cuenta el estado civíl: no es lo mismo estar legalmente casada que ser soltera, divorciada o viuda. En una sociedad machista como la cubana, tener a un lado un hombre es sinónimo de realización.
No importa que este sea un troglodita que de vez en cuando le suene un garnatón. Estar sola es casi un sacrilegio y los tipos a menudo quieren venir a meterle a uno el pie. “Coger cajitas”, se dice en el argot popular.
Pero lo mas difícil para una mujer en Cuba es pertenecer a un partido opositor, un grupo de derechos humanos o ser periodista independiente. Ahí sí hay que amarrarse bien las faldas y los pantalones.
Tienen que soportar todo lo que cualquier compatriota soporta por haber nacido con clítoris, útero y ovarios, y encima revestirse de una coraza especial, capaz de resistir las embestidas, que a las mujeres disidentes les pueden dar represores quienes olvidan que ellos se formaron en un vientre femenino.
Foto: Agencia Cubana de Noticias.
Cuba Free Press, 4 de marzo de 1998.


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