A fines de la década de 1990, cuando aún no había desaparecido ‘el periodo especial en tiempos de paz’, tiendas estatales fueron acondicionadas para ofertar ropa reciclada, de uso. Los habaneros les decían ‘shopi-trapos’. Por su cuenta, muchas personas empezaron a vender ropa de segunda mano. A partir del 2010, las ‘shopi-trapos’ volvieron a reactivarse y los particulares las llamarían ‘ventas de garaje’, como en Miami.
La venta de ropa reciclada siempre estuvo rodeada de especulaciones y unos meses después de estar funcionando, se comentaba que iban a ser cerradas, por orden de Bárbara Castillo, entonces ministra de Comercio Interior. Pero lo cierto es que una vez pasado el boom, la ropa de uso llegó para quedarse. Se convirtió en un salvavidas en un país sin costureras, cada vez menos talleres de confecciones y con la desaparición del ministerio de la Industria Ligera, que además de producir prendas de vestir, producía calzado.
El rumor de más peso en aquellos años era que la ropa reciclada en esas tiendas procedía de donaciones. Por averiguaciones personales, en 1999, al menos en La Habana, la ropa venía en pacas al por mayor, compradas a bajísimos precios en Canadá. Al Cuba llegaban en contenedores y en una zona franca era revisada y clasificada.
En las tiendas de ropa reciclada (también llamadas “de ropa vieja o de muertos”) en la capital, la mercancía se encontraba limpia y en buen estado. En unos comercios mejor presentada que en otros. Si revisabas con calma, encontrabas piezas nuevas entremezcladas con las usadas y a veces deterioradas, y unas más actuales junto a otras ya fuera de moda.
Sus precios eran relativamente accesibles, aunque no todos podían darse el lujo de pagar 50 pesos (cinco días de salario en aquel tiempo) por una prenda de vestir de segunda mano. Al parecer, en otras provincias lo ofertado era más antiguo y de menor calidad, según testimonios de periodistas independientes.
Fui “clienta” de las shopi-trapos hasta días antes de mi salida de Cuba, en noviembre de 2003. En un pequeño local al doblar de nuestra casa, en la Calzada de Diez de Octubre entre Carmen y Patrocinio, compré un pantalón carmelita de lana que usé durante mis primeros tiempos en Suiza. No hace mucho lo eché en uno de los tantos contenedores de ropa que Caritas tiene en Lucerna.
Y en una shopi-trapo particular, por Mayía Rodríguez, un pulóver de mangas cortas que todavía uso. De todas las piezas, la que más usé en Cuba fue un pantalón rosado de algodón, de la marca Cherokee, con dos grandes bolsillos a los dos lados. Por 20 pesos lo adquirí, nuevo, en Roseland, tienda situada en Neptuno entre Galiano y Águila. Antes de irme, se lo dejé a una amiga.
Ese tipo de tiendas, al igual que los mercadillos o pulgueros, existen en todos los países, Suiza incluida, y la gente acude a ellos sin ningún tipo de complejos, en busca de antigüedades y rarezas. Hay personas que les gusta vestirse con piezas únicas allí encontradas y decorar su casa con objetos vintage. Es una de las tantas opciones: si quieren, y pueden, compran en grandes almacenes o exclusivas boutiques.
Antes de 1959, los habaneros teníamos quincallas y pequeños comercios diseminados por las barriadas de toda la ciudad. También grandes tiendas por departamentos, como El Encanto, Fin de Siglo, Ultra, La Época, Flogar y Sears, situadas en calles céntricas de la capital.
Foto: En toda la isla se sigue vendiendo ropa de segunda mano. Tomada de Cibercuba.


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