Vodka, caviar y salchichas alemanas

Por primera vez fuí a una recepción en febrero 1960. En el Palacio de Bellas Artes, en La Habana Vieja, se habia montado una exposicion sobre la URSS y a la inauguracion asistió el canciller sovietico Anastas Mikoyán.

Tenía 18 años. Como pez en el agua me sentí en aquel ambiente donde había tanto vodka como caviar. Probé las dos excelencias rusas y ninguna de las dos me gustaron. El vodka quemaba más que el alcohol de 90 grados y el caviar me supo a aceite de hígado de bacalao.

Después, como periodista de la revista Bohemia, asistí a convites de los excamaradas de Europa del Este. Con quienes más afinidad tuve fue con los alemanes de la RDA, a donde viajé en 1979, antes de la caída del Muro de Berlin. Dos veces al año los germanorientales organizaban conferencias de prensa por las Ferias de Leipzig de primavera y otoño. Casi siempre íbamos los mismos periodistas y casi siempre la información era la misma.

A la entrada o a la salida, daban una “jabita” de nailon con souvenirs, muy codiciadps entonces. En una larga mesa ponían cigarros, fósforos y bandejas con saladitos para ir ‘picando’ mientras el consejero comercial hablaba. Los bebedores de cerveza se ponían las botas. El “lagarto” (cerveza) era de primera. Y gratis.

Los checoslovacos también eran espléndidos y se pasaba bien cubriendo las actividades en la Casa de la Cultura Checa, en 23 y O, La Rampa (hoy sede del centro internacional de prensa, una dependencia del ministerio cubano de relaciones exteriores). La Pilsen venía embotellada y la ofrecían en abundancia. Lo que me gustaba eran las salchichas, ricas y grandes como las alemanas, servidas con catsup y mostaza. A veces las acompañaban con rebanadas de pan blanco de molde.

Los diplomáticos de la extinta Checoslovaquia solían hacer obsequios, por lo regular artesanías. El mantel de las celebraciones en mi casa es de aquella epoca. En las décadas de 1970 y 1980, cuando el dólar era ilegal y las “shoppings” no habían hecho su aparición en la vida cotidiana del cubano, con su carga de privilegios y diferenciaciones, lo máximo era todo lo proveniente de los “hermanos del campo socialista”, desde Albania hasta Mongolia.

Los vietnamitas eran muy especiales para los cubanos. Por lo de David contra Goliath. Cuando Estados Unidos desató la guerra en la Peninsula Indochina ya en la isla la bandera del antimperialismo ondeaba en el Morro. Y no había cubano que no se sintiera una sardina peleando contra un tiburón en medio del Mar Caribe.

En Cuba a todos los asiaticos les dicen “chinos”. A los de Vietnam, Cambodia y Laos cariñosamente les decían ‘chinitos’, para diferenciarlos de los del país de Mao Tse Tung. Con los norcoreanos la simpatía no era igual. Andaban vestidos con aquellos safaris grises y sellitos de Kim Il Sung en la solapa. Eran pesados.

Pero su pesadez no les impedía estar también en el cambalache. En eso no se diferenciaba del resto de los ciudadanos del CAME. Los fieles seguidores del líder supremo de Pyongyang revendían toda clase de mercancías, sobre todo comida.

Soviéticos, polacos, búlgaros, húngaros, alemanes del Este, checos, ‘chinitos’ y norcoreanos, compraban con certificados de diferentes nominaciones —especie de tarjetas de credito— en tiendas exclusivas para técnicos extranjeros socialistas y a las cuales igualmente tenían acceso latinoamericanos, caribeños y africanos residentes en Cuba. En los bajos del FOCSA, el edificio más alto que entonces había de La Habana con 36 pisos (ahora lo es el hotel Torre K, en 23 y J, Vedado), radicaban varias de esas tiendas.

Una gran cantidad de extranjeros residían en el FOCSA, lo que facilitaba el mercado negro. Un amigo mío, que tenía un apartamento en el FOCSA desde antes de 1959, se hizo socio de un norcoreano, que nada más y nada menos, se dedicaba a los proyectos de construccion, del Metro de La Habana.

A través de él, mi amigo conseguía cakes de chocolate que luego picaba y vendía en cuñas, a diez pesos cada una. Si secreta era la misión de los norcoreanos en un Metro que nunca se construyó, peligroso era su trapicheo. Las que más fama tenían de “merolicas” (revendedoras) eran las rusas y las búlgaras.

Como en Cuba siempre hubo escasez y penurias, cubrir invitaciones diplomáticas, te permitía comer y beber lo que con nuestros sueldos de periodistas podíamos adquirir. Nunca en una recepción o coctel de Vietnam o de Corea del Norte, yo comia carne, por temor a que fuera de perro. En la embajada de Cambodia una vez probé calamares disecados y fritos. Eran sabrosos. Pero no tanto como las salchichas alemanas.

Diario Las Américas, 12 de junio de 2026.

Foto: Anastas Mikoyán, Armando Hart y Fidel Castro. Tomada de Cuban Studies.

Publicado originalmente en Diario de las Américas.


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