Una carta de mi amigo Canek

Oaxaca, 5 de mayo de 2005

Querida Tania:

Ante todo, mil gracias por hacerme llegar la carta que Montaner te remitiera. Claro que el asunto es demasiado triste, doloroso en el sentido más íntimo (bien dice el remitente: hasta en la entrepierna se meten). En ese mismísimo sentido, recuerdo ahora el caso de un fotógrafo del periódico Granma a quien conocí cuando hice prácticas en tan ‘noble y venerada institución’, quien me contaba, previos rones, que en una reunión del Partido, en el periódico, le cuestionaron por sus frecuentes infidelidades a su esposa y lo conminaron a que dejara a su amante: “Porque ya sabemos, compañero, que tu tienes una amante”. A lo que el fotógrafo respondió: “Pues díganle a sus informantes que no tengo una amante, sino dos”, y salió de la reunión dando un buen portazo.

Ahí acabó su carrera partidista, claro está. Aprovecho para contarte cómo fui a parar al Granma. Verás, cuando tenía quince años entré a Juventud Rebelde de aprendiz de fotógrafo, y ahí estuve algo así como un año —hasta que la crisis limitó su periodicidad a los domingos. De esa etapa recuerdo vagamente un acontecimiento que me marcó profundamente. Las fechas, sin embargo, patinan en mi cerebro. El caso es que un lindo mediodía entró un apasionado periodista al departamento de fotografía y varios salimos con él, porque “algo” ocurría en una casa donde se reunían gusanos. Creo que la casa estaba en la calle H, muy cerca de Línea, y debe haber sido a mediados del 89. Cuando llegamos a la casa ya habían convocado a los estudiantes de las escuelas cercanas a los “dos minutos del odio”. ¿Recuerdas a Orwell?

Lo curioso del caso, lo que más extraño me resultó de todo, es que a muchos de los jóvenes que ahí estaban gritando sin saber a ciencia cierta por qué, ya los conocía, habían sido compañeros míos de la escuela, o vecinos, o simples conocidos. La escena era así: una casa como tantas otras de principios de siglo del Vedado, al parecer con unos cuantos contrarrevolucionarios parapetados dentro —aunque nunca los vi—; afuera, cientos de adolescentes de secundaria y pre, llevados hasta ahí para gritar unas consignas que muy pocos suscribían en privado, y en medio, nosotros, o mejor aún, yo. Digo “yo” porque estoy narrando mi experiencia y no la de los demás. Decía que ahí estaba yo, sin pertenecer a ninguno de los dos bandos, sin conspirar ni gritar, sin defender ni atacar, sólo observando, pero de alguna extraña manera, esa pequeña acción inútil marcó mi vida, creo.

Cuando Juventud Rebelde se volvió semanario, la necesidad de aprendices que tenía el diario se esfumó, así como los puestos laborales de muchos que ya estaban en nómina: ésa es la razón por la que fui a parar a Granma. Pero si en Juventud Rebelde la situación era ridícula y patética, en Granma la hipocresía me hizo abandonar todo deseo de trabajar en la prensa. Por otro lado, mi egómetro subió varios puntos cuando leí las generosas palabras que Montaner dedicó a la “Adoro el anonimato” que me hiciste. Afortunadamente, después de ver el capítulo de hoy de Los Simpsons, volvió a su nivel habitual.

Cambiando radicalmente de tema te diré que la palabra mole proviene del náhuatl mulli, y significa salsa. Así que hay muchos y muy diversos, algunos picantes y otros no; el más conocido es el mole negro, hecho con chocolate, varios chiles, yerbas y nosecuánta cosa más. Es muy rico porque combina lo dulce con lo picante (en realidad no pica mucho, pero sí sabe a chile: una diferencia sutil pero importante), y normalmente se sirve sobre el pollo y se acompaña con arroz blanco y frijoles, además de unas buenas tortillas de maíz. Pero el estado de Oaxaca (la provincia) es del tamaño de Suiza, más o menos, y se divide en siete regiones. Contiene 570 municipios (la tercera parte del total de municipios del país), conviven catorce grupos indígenas, se hablan siete lenguas diferentes y en el estado hay tantas zonas geográficas como culturas existen: del desierto de piedra caliza a la selva tropical, del bosque húmedo al valle fértil y de ahí a la costa, al pantano o a la sierra…

El Istmo de Tehuantepec es otro mundo. Ahí es donde se come iguana —es deliciosa, de carne blanca y suave—, también armadillo, tortuga y otras suculentas especies en peligro de extinción. En Juchitán, uno de los pueblos del Istmo (es una ciudad, pero como remite a una cultura utilizo la palabra pueblo), es común que toda familia tenga un muxhe, es decir, un homosexual. El Istmo, así como la península de Yucatán, tienen un largo historial separatista, pues siempre se han considerado si no otro planeta, al menos sí otra patria —curiosamente, no es el caso de Chiapas, aunque sea el último territorio anexado a la nación (antes era de Guatemala).

Por mi parte, vivo en un pequeño pueblo al norte de la ciudad de Oaxaca llamado San Felipe del Agua. Se encuentra en las faldas del San Felipe, a unos 1800 metros sobre el nivel del mar (y a 400 sobre la ciudad, propiamente dicha). Pero este pueblo ya quedó irremediablemente unido a la mancha urbana: una avenida te deja en el centro en quince minutos en automóvil o en media hora/cuarenta minutos en autobús. Por su belleza, este pueblo se ha convertido en una zona residencial que aún no abandona su origen campesino: en resumen, conviven el Mercedes Benz con el burro cargado de leña, la mansión moderna con la tradicional casa de adobe, el surrealismo con la hiperrealidad. Conserva mucha de su esencia pueblerina (para bien y para mal) con estrechas callecitas de piedra y carencia de servicios públicos; todo el mundo se saluda y se dice una frase amable al pasar, y todos conocen las vidas de todos.

Vivo en una casa moderna, pero de ladrillos de adobe (tierra apisonada con mierda de burro y paja), muy sencilla, con dos habitaciones (una es mi estudio y la otra, el estudio de mi novia, mujer, pareja, esposa y por supuesto, compañera —ella es pintora). Dormimos en la sala y no hay cocina, sino una cocineta en la misma estancia; un pequeño baño redondea el hogar. Lo que sí hay es un buen trozo de patio verde (aunque sin árboles grandes, aún), desde donde veo las montañas, un pedazo de valle y mucho mucho cielo. Eso me reconforta: la luz y el aire que siempre corre por la casa.

Pero en general, Oaxaca es así: una mezcla exuberante de tercermundismo y cajeros automáticos. Por supuesto, eso incluye a grupos guerrilleros que obtienen 20 millones de dólares con un solo secuestro, pueblos que se matan entre sí por un trozo de tierra fértil, comunidades enteras desarraigadas para construir ahí un complejo hotelero de lujo (y los antiguos habitantes, de dueños de sus tierras, pasan a empleados del turismo). En cuanto a la ciudad, Oaxaca de Juárez, es un sitio interesante y hermoso. Confieso que vine aquí de vacaciones, a pasar una semana, y aquí sigo.

Al principio dije que en Oaxaca hay 570 municipios; pues bien, dos terceras partes de éstos se rigen por el sistema electoral conocido como de “usos y costumbres”, lo cual significa que la elección se resuelve en asambleas públicas en las que no pueden participar los partidos políticos. Claro que esto garantiza que los políticos profesionales no participen en las contiendas, pero no excluye que dichas organizaciones laboren en lo oscuro, detrás de las apariencias, manejando a los títeres que nunca faltan. Debes entender, Tania, que este sistema electoral funciona en comunidades pequeñas, donde todos se conocen bien… por ejemplo, en el pueblo en el que vivo. En las ciudades, empero, la política opera de la forma tradicional —es decir, moderna: con partidos políticos y campañas multimillonarias.

Ahora, lo que a mí me sedujo de esta ciudad fue su rica vida cultural. No sólo la cultura llamada culta sino la popular, es decir, la vulgar (“todo lo popular proviene del vulgo”, decía Cabrera Infante). Las festividades religiosas, mezcla de paganismo prehispánico, catolicismo colonial y mucho posmodernismo, son impresionantes, aún para un ateo irredento como yo: Son festividades, en el mejor sentido de la palabra, y no actos solemnes ni decadentes —están vivos, no son simples rituales del pasado, sino recreaciones presentes, actos actuales. Las artesanías son también alucinantes, aunque debo admitir que me mantengo alejado de ellas: soy demasiado torpe para lidiar con esas delicadezas; todo lo rompo. La ropa tradicional, sencilla y agradable… No sé, pienso que te encantaría visitar el mercado: hay tantos colores.

Eso es algo fundamental en Oaxaca, el colorido. El color como materia prima de la cultura (digamos, así como en La Habana el motor es el ritmo). Lo encuentras en todas partes: en las casas amarillas o azules, rojas o verdes; en los pequeños negocios o talleres con sus anuncios pintados en la pared (el Ayuntamiento prohibe el uso del neón o cualquier anuncio luminoso en el centro de la ciudad: afea el entorno), en los bares y cafés, en las artesanías y en el arte, en el vestir y en el comer… y en la música… Pero es en sus interminables fiestas donde todo esto se conjuga. Aquí una boda tradicional, una “boda de pueblo” como se le llama, dura tres días. Se come, se bebe y se baila sin parar (aunque esto último no lo hago: simplemente no sé hacerlo —¿ya te dije que soy demasiado torpe?). Pero no pienses que soy un roñoso amargado que se aburre en una fiesta, de ninguna manera.

Disfruto enormemente ver a la gente bailar, ser testigo de la diversión me divierte. Pero sobre todo, a mí me gusta conversar, conocer gente, observar. Y en esas bodas de pueblo hay un baile que se llama “del guajolote” (guanajo), y transcurre así: mientras la banda de música interpreta un jarabe de los Valles, todos los invitados bailan ante los novios con el regalo que cada uno llevó para éstos. Entonces, baila una señora con una licuadora, otra con un cofrecito, otro hombre baila con un cuadro de la Virgen de Guadalupe (infaltable en todo hogar decente), y así, hasta que llegamos al pobre tipo al que se le ocurrió regalarles un refrigerador, o una lavadora, o un armario. Sí, él también baila con su regalo a cuestas.

Cuando André Breton llegó a México declaró que era la tierra del surrealismo; cuando llegó a Oaxaca ya no supo que más decir. Después vinieron los beats, en su viaje eterno; más tarde los hippies, atraídos por tanta mariguana y por las legendarias curas espirituales de María Sabina, en el pueblo de Huautla, a base de hongos alucinógenos. Cuentan que con ella fueron los Beatles (aunque la limpia no les duró mucho, según parece). Los pintores también se han sentido atraídos por Oaxaca, sobre todo a partir de la mitad del siglo pasado. La luz y los colores fascinan…

En fin, querida Tania, debo despedirme pues el reloj marca las seis de la mañana. Ahora estoy en casa, sin dormir, y al mediodía pasaré a un internet público para enviarte esta breve carta. Tú la recibirás unos segundos más tarde, demostrando así aquel viejo dictum que asevera que el tiempo y el espacio son relativos.

Un fuerte abrazo, canek

Posdata: Mañana me voy de Oaxaca, voy a estar unos días con mi padre y otros con algunos amigos en la ciudad de México, así que no tendré un lugar fijo. Incluyo en este mail una foto mía. Me reporto en unos días. Ciao.

Nota de Tania Quintero.- La anécdota contada en el segundo párrafo es un acto de repudio que, orquestado por la Seguridad del Estado, le dieron al opositor Gustavo Arcos Bergnes, del cual recientemente escribí en Diario de Cuba. Unos meses después de esa carta, Canek viajó a Burdeos, por el nacimiento de su primer hijo. Después que le enviara un regalo al bebé, Canek, entre otras cosas, me envió esa lata vacía de café que aún conservo.

Canek Sánchez Guevara

Canek Sánchez Guevara falleció el 22 de enero de 2015 en México. Tenía 40 años. En mi blog le dediqué una serie de siete posts titulada Un ‘sobrino’ llamado Canek. Debajo de la carta manuscrita que en diciembre de 2005 me envió por correo desde Burdeos, Francia, los links:

Carta manuscrita de Canek, diciembre de 2005

Un ‘sobrino’ llamado Canek (I)
Un ‘sobrino’ llamado Canek (II)
Un ‘sobrino’ llamado Canek (III)
Un ‘sobrino’ llamado Canek (IV)
Un ‘sobrino’ llamado Canek (V)
Un ‘sobrino’ llamado Canek (VI)
Un ‘sobrino’ llamado Canek (VII y final)

33 REVOLUCIONES, ALFAGUARA 2016

33 revoluciones, Alfaguara 2016

Canek Sánchez Guevara (La Habana, 1974 – Ciudad de México, 2015). Ejerció diversas disciplinas como la escritura, la música, la fotografía y el diseño gráfico. Como si de un vinilo de 33 canciones se tratara, la novela 33 revoluciones cuenta el día a día de un hastiado burócrata en una isla donde hay una constante verbalización: todos sus habitantes dicen lo mismo con distintas palabras; doce millones de discos rayados que se repiten una y otra vez. En el país nada funciona y a nadie parece importarle, pero el inconformismo del protagonista le hace distanciarse de los que le rodean y buscar una salida de esa isla asfixiante.


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