La Libertad regresará a Cuba de noche, bajo la espléndida oscuridad de las estrellas.
Al otro día, cuando comience a circular la prensa libre, muchos cubanos se van a acordar de Tania Quintero y correrán a llamarla a Suiza por teléfono, pero será tarde porque ya ella, con su libreta escolar y un bolígrafo Bic -la tinta en el fondo, sin casquillo- habrá escrito tres crónicas del tránsito, habrá entrevistado a unas mujeres de Coco Solo y estará localizando a Carlos Alberto Montaner a ver donde se puede publicar eso y unas notas que tomó en el avión.
Tania es una mujer, nada más. Nada más que una mujer que vive para escribir. Y escribe cartas, correos, letreros, postales, esquelas, malas palabras en los baños públicos y unos reportajes, unas crónicas vivas, que el lector tiene siempre la impresión de que una amiga le cuenta al oído algo que ha visto, algo que pasó, algo muy importante, conmovedor o grave que uno tiene que saber.
Me gusta ese estilo directo, estable, desnudo. Esa voz que sale de una hondonada y narra episodios o presenta personas y tiene un trasfondo cinematográfico. Me gustan las historias que ella escribe, no sólo por lo que he dicho de su manera de escribirlas, sino porque, primero, ha demostrado su realeza al seleccionar el asunto, al elegir el tema y entrar en él como quien entra a un río.
Lo de ese concubinato con el cine es casi natural. Tania Quintero ama el cine, casi todo el cine. En los días, los meses, los años de la década del noventa, cuando muchos periodistas independientes no sabían si podrían almorzar o comer, ella encontraba uno de aquellos mustios billetes sin respaldo, para pagarse su entrada a los cines de barrio y soñar un poco.
Para explicar la puntería a la hora de escoger un argumento hay que hablar de su sensibilidad. Para entender cómo lo redactaba y lo hacía llegar a medios que no podía controlar el gobierno, se debe decir ya de una vez, que Tania Quintero es una mujer que la acompaña desde su nacimiento un valor personal que no exhibe, ni proclama. Se vale de él cuando lo necesita.
Ella, que ama también la música (se admiten donaciones de piezas brasileñas), los libros, la historia, hacer regalos sencillos (una hoja seca, una partitura de Lecuona) y pasear por La Habana, tiene vocación por la sobriedad, ¿o debo decir la austeridad?, fobia por las estridencias y predilección por la semipenumbra.
En ese condado claroscuro ha hecho su obra. Un trabajo diario, sin sosiego ni horarios, a ras del suelo, en los solares y los puestos de viandas, en las carnicerías sin carne y en las bodegas adornadas con consignas, ruedas de cigarros Populares y cajas de cartón con los granos de arroz y de frijoles, de chícharos, contados uno a uno por los torpes tahúres del gobierno.
Una labor enorme de rastreo, investigación, examen, pulso de la realidad que los propagandistas oficiales excluyen con saña de sus cuartillas celebrativas, dictadas por los pícaros de turno.
Ella es fiel a sí misma. Proviene de una familia de origen y formación obrera y, ahora, lejos de Cuba, arrancada de su país como una mala hierba, sigue siendo una persona de sensibilidad social que no pide prestados espejuelos ajenos para observar el mundo que la rodea.
No es una señora angelical, ni una heroína. Se dice que ha cometido muchos errores en la vida y debe ser verdad, pero yo cedo a quienes la botaron de su país y a quienes envidian su envergadura y su honestidad, los espacios para que la denigren y la ataquen.
Yo creo en este libro y sé que nadie le sopló a Tania ni una coma. Ella lo vio y lo vivió todo. Hoy lo cuenta a los lectores. Podrá ser una ingenuidad mía o una cañona a esta nota inicial que debía ser exclusiva de los vapores del periodismo.
A mí, sin embargo, la publicación de estas crónicas, su difusión por el mundo, me recuerdan unos versos de Pablo Neruda que dicen algo como que se podrán cortar las flores, pero no podrán detener la primavera.
Prólogo del libro Periodista, nada más, publicado en El blog de Tania Quintero en mayo de 2011.
Foto: Luzerner Zeitung, febrero de 2004.
Publicado originalmente en El Blog de Tania Quintero.

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