Tania Quintero es mucho más que una periodista independiente: es una persona independiente.
En Cuba eso es gravísimo. Es una peligrosa insolencia. Precisamente, el elemento más importante de cuantos les dan forma y sentido a la dictadura cubana es el rechazo a las más leves expresiones de individualismo y autonomía. En esa pobre sociedad, ser revolucionario consiste en renunciar a cualquier vestigio de independencia de criterio.
Ser revolucionario es escuchar con deleite la música seleccionada por el aparato, leer con placer los libros santificados por la dirigencia, vestir a la manera canónica, repudiar a los enemigos del pueblo listados por el sabio partido y aplaudir hasta el delirio las siempre geniales opiniones del Máximo Líder.
Especialmente esto último: ser revolucionario, por encima de todo, es asumir siempre y sin vacilaciones las fabulaciones de Fidel Castro, su distorsionada interpretación de la realidad y sus febriles elucubraciones sobre todo cuanto acontece sobre la faz de la tierra, dado que el Comandante, hombre de mollera saltarina, tiene ideas abarcadoras y universales: sabe o intuye desde la verdadera causa de decadencia de la dinastía Ming, hasta la técnica de criar vacas copiosamente lecheras o amablemente enanas, de acuerdo con las necesidades agropecuarias del país en su batalla heroica contra el imperialismo yanqui.
Pero Tania no siempre fue así. En su juventud, que coincidió con la instauración del castrismo, trató entusiasmadamente de adaptarse a la nueva era e intentó ser revolucionaria. Procedía de un hogar comunista, y en 1959, a sus 16 años de edad, cuando los barbudos entraron a La Habana, Tania, como la inmensa mayoría de los cubanos, pensó que a Cuba le había llegado la hora de la justicia y la felicidad por la que tanto se habían desvelado sus padres y familiares, entre los que estaba, nada más y nada menos, que Blas Roca, uno de los fundadores del Partido Socialista Popular y su secretario general durante un largo periodo.
Los comunistas, sin duda, sentían una extraordinaria pulsión altruista que los inclinaba al sacrificio con tal de construir un mundo mejor y más equitativo. Naturalmente, esa urgencia psicológica, como todas, traía oculta su dulce recompensa emocional: los comunistas sentían (y disfrutaban percibiéndolo) que pertenecían a una gallarda raza de hombres y mujeres que en todas partes del mundo luchaban dentro del mismo campo por lograr un mañana radiante. Además de compartir una ideología, formaban parte de una secta abnegada y maravillosa, asistida por la razón y la experiencia. Poseían una irrebatible teoría “científica”, postulada por Marx y Engel, y eran dueños de una infalible metodología de gobierno perfeccionada por Lenin, probada en la URSS y en el fraterno campo socialista, donde ya se anticipaba el futuro glorioso de la humanidad.
Pero poco a poco esa imagen hermosa de sacrificio y logro, de racionalidad y éxito, fue deshaciéndose en la medida en que los comunistas cubanos chocaban con la experiencia: el socialismo real era un sistema cruel con las personas, arbitrario y empobrecedor, que poseía la perversa propiedad de convertir en déspotas y abusadores a quienes, hasta la víspera del triunfo, habían sido generosos y solidarios. Y ni siquiera era un fenómeno único producido en Cuba. Los jóvenes comunistas cubanos comenzaron a viajar al campo socialista y en todas partes vieron el mismo panorama gris, triste y dogmático que existía en la Isla: atraso creciente, privilegios ocultos, doble moral, abusos, intimidación, excesos represivos y desesperanza.
Era inocultable: los vaticinios de Marx no se cumplían; la ingeniería de gobierno impuesta por Lenin no conducía a una feliz sociedad sin clases, sino al GULAG y al paredón. Así sucedía en todas partes en donde el marxismo-leninismo pasaba de los libros a la práctica y de la oposición al gobierno.
Cuando, a mediados de los ochenta, llegaron Gorbachov y la perestroika, Tania Quintero —que ya tenía numerosas dudas y críticas—, junto a muchísimos comunistas en todo el planeta, constataron que formaban parte de una inmensa mayoría de militantes desilusionados con el sistema, con su teoría errónea y con su práctica malvada. Si antes la secta se alimentaba de una suerte de cohesionador sentido de pertenencia, a partir de la exhibición sin tapujos del fracaso soviético, que se repetía en todo el mundo comunista, sus miembros comenzaron a sentir una profunda repugnancia colectiva por la doctrina y por la praxis marxista-leninista. Sencillamente, una persona honrada e idealista que realmente deseara la felicidad de sus semejantes no podía seguir perteneciendo a las filas de esa inmensa estafa disfrazada de modelo político ejemplar.
Fue entonces cuando Tania Quintero tuvo el valor de dar un paso al frente para salir a combatir lo que ardorosamente había defendido durante una parte sustancial de su vida adulta. Junto a Raúl Rivero, también procedente de la desilusión, uno de los mejores escritores de Cuba y tal vez el mejor poeta vivo con que cuenta el país, se hizo periodista independiente y se dispuso a jugarse la vida y la libertad −la poca que hay en Cuba− junto a un puñado de demócratas de la oposición que en las calles o en las cárceles se atrevían a desafiar a la tiranía a pecho descubierto.
Tania pagó por ello un alto precio. Súbitamente se transformó en una enemiga del pueblo. Pasó a ser una agente de la CIA, una vil lacaya del imperialismo, y la policía política la colocó en la más negra de sus listas para espiarla y tratar de intimidarla, sin otro objeto que conseguir silenciar su voz. Al fin, tras varios años de lucha y zozobra, resistiendo dignamente el acoso policial, Tania decidió marchar al exilio y fue aceptada como refugiada política en Suiza, donde vive junto a su hija y su nieta. Fue esa pequeña nieta, precisamente, la razón final que la impulsó a optar por abandonar el país: quería que le niña conociera la libertad. Quería que creciera en un mundo sin miedo.
Conocí a Tania hace unos años por medio de unas cartas llenas de información y opiniones inteligentes que me traía la valija diplomática de un país amigo. Enseguida comencé a quererla. Desde el primer momento me fascinó su prosa limpia, su talento para contar lo que era realmente interesante y, por encima de todo, su invencible sinceridad.
Me contó su vida, sus errores, sus aciertos y fracasos, sus miedos y prejuicios, y siempre lo hizo candorosamente, sin el menor interés en colocarse unas medallas que no necesitaba o en negar desaciertos que la perjudicaban. Algunas veces hablamos por teléfono, primero cuando estaba en Cuba; más tarde, cuando ya radicaba en Suiza. Poco a poco, fuimos estrechando la amistad, y en varias oportunidades le insistí en que contara sus vivencias en un libro. Finalmente, lo ha hecho. Magnífico. Es un gran regalo para todos los cubanos.
Epílogo del libro Periodista, nada más, publicado en El blog de Tania Quintero en mayo de 2011.
Foto: 1999. A la entrada de la casa del escritor y ensayista José Prats Sariol, en Santos Súarez.
Nota.- Una aclaración de Tania Quintero: Carlos Alberto Montaner pensaba que yo fui militante del PSP primero y después del PCC. Fragmento del post Nunca fui militante de ningún partido, publicado en mi blog en julio de 2020:
Es difícil de creer, porque en Cuba trabajé en organismos políticos. Pero yo nunca fui militante, ni de la Unión de Jóvenes Comunistas, ni del Partido Comunista de Cuba (PCC) ni del antiguo Partido Socialista Popular (PSP). Tampoco de la Juventud Socialista, la organización juvenil del PSP.
Cuando en agosto de 1959, comencé a trabajar como mecanógrafa en el Comité Nacional del PSP, no tenía ninguna militancia política. Se me consideraba una persona probada y altamente confiable solo por el hecho de ser hija de José Manuel Quintero Suárez, el fiel guardaespalda de Blas Roca Calderío, secretario general del PSP y quien además era el esposo de mi tía Dulce Antúnez, o sea, era tío político mío y me conocía desde que nací, el 10 de noviembre de 1942.
Pueden dar fe de que nunca milité en ningún partido los hermanos Rafael, Armando y Marco Pérez López, a quienes vi nacer (Marco Antonio, ingeniero, reside en México, Armando, biólogo, y Rafael, abogado, en Estados Unidos). De los cuatro hijos que tuvo mi tía Dulce con Blas (Lydia, Francisco, Vladimiro y Joaquín), solo Francisco, ex coronel del Ministerio del Interior, fue militante del PCC.
No se lo he preguntado, pero no me extrañaría que mi amigo Juan Juan Almeida García nunca hubiera sido miembro del PCC. En los primeros años de los barbudos en el poder, ser hija, esposa, hermana, nieta o sobrina de alguien con un extenso historial revolucionario tenía más peso que un carnet rojo.
El lunes 25 de mayo de 2020, Carlos Alberto me envió este email: “Disculpa, Tania. Pensé que habías sido miembro del Partido Comunista. Me disculparé en mi blog. Un abrazo, CA”. Mi respuesta, ese mismo día:
Querido Carlos, no te preocupes. Cuando escribiste Tania Quintero: una voz que faltaba, para el libro Periodista, nada más, que subí a mi blog, no mencionaste que yo hubiera sido militante de ningún partido. Tu dedicatoria la puse como Epílogo y la de Raúl Rivero, Tania, palabra de mujer como Prólogo. Un abrazo sincero, Tania
Publicado originalmente en El Blog de Tania Quintero.


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