Nada de mimos ni malcrianzas. Antojos, ninguno: desde siempre supe que éramos pobres y tenía que conformarme con lo que mis padres me pudieran comprar. Nunca hice cartica a los Reyes, porque nunca creí en ese cuento de Melchor, Gaspar y Baltazar que repartían juguetes en camellos. No obstante, todos los 6 de Enero, debajo de mi cama me dejaban dos o tres juguetes. Los 10 de noviembre, día de mi cumpleaños, un cake-helado, que venía en una caja con hielo seco, el más pequeño, de 5 pesos, porque no tuvimos refrigerador hasta enero de 1959.
El material escolar, en La Casa Bulnes o en la quincalla que había en Romay entre Monte y Omoa. Pero como en 6to. grado fui el primer expediente, mi padre me llevó a La Moderna Poesía y me compró libretas bonitas para la Superior, como entonces se le decía a la Secundaria. Solo dos grados, 7mo. y 8vo. Yo la hice en la Escuela Anexa a la Normal, en San Joaquín y Amenidad, detrás de la Escuela Normal de Maestros de La Habana.
Tres pares de zapatos al año: blancos para el verano, negros de charol para el invierno y colegiales. Para andar en la casa, unas sandalitas baratas, nada de chancletas. Como mis tres tías paternas eran modistas, batas bonitas nunca me faltaron, tampoco lazos para el pelo. Tenía amiguitas en la escuela y en la cuadra, pero me gustaba jugar sola, con mis cuquitas y recortando láminas de las revistas americanas que el asturiano Fermín, el carbonero, me regalaba cuando empecé a estudiar inglés. ‘Mona’, majadera, para comer. Hacía de tripas corazón y me comía el bistec de filete asado en el carbón (no teníamos cocina de gas), me demoraba mucho en tomarme el vaso de jugo de naranja, zanahoria y remolacha que a diario mi madre me preparaba.
Chucherías, las que vendían los chinos del puesto de la esquina, en Romay y Zequeira, y africanas, coquitos y boniatillos de la bodega de la esquina. Cuando iba al cine Roosevelt, M&M (eso de pop corn vino después). Los domingos por la tarde mi madre no cocinaba y comíamos sandwiches o medias noches, de la Casa Presno o de La Esquina de Tejas. Me gustaba la ‘completa’ que vendían los chinos de la fonda de Monte y Castillo: arroz blanco, frijoles colorados, carne con papas y plátanos maduros, también el arroz frito de La Fama China.
Mi niñez fue politizada desde que nací. En 1945, cuando se acabó la Segunda Guerra Mundial, junto con mis primos, los hijos de Blas Roca y de otros dirigentes del PSP (Aníbal y César Escalante, Joaquín Ordoqui), participé en actos por la paz. A menudo mi padre me llevaba a la emisora Mil Diez, donde por primera vez vi a Celia Cruz.
Empecé a trabajar en agosto de 1959, antes de cumplir los 17 años. En 1964, antes de cumplir los 22, tuve a mi hija Tamila y un año y quince días después, en 1965, a Iván, mi segundo hijo. Mi padre murió en octubre de 1966, un mes antes de cumplir los 24 años. A esa edad me ocupé de mis dos hijos, de mi madre y de mi casa.
Sin dejar de trabajar, sin saber qué era ‘coger vacaciones’. La pensión de viudez de mi madre era de 100 pesos, mi salario era de 150 primero, luego de 163 y el más alto, en el ICRT, de 250 pesos. No tengo documentos que lo acrediten, pero a los 83 años acumulo 67 de vida laboral. No es un récord, pero anda cerca.


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