Ernesto Miami: “La transición democrática en Cuba no se resolverá con milagros externos”

El acceso masivo a internet lo cambió todo en Cuba. Cuando en junio de 2014 se abrieron las primeras salas de navegación en La Habana, unas pocas personas hacían cola en la entrada, mientras esperaban que un empleado de ETECSA, la única empresa de telecomunicaciones en la Isla administrada por el emporio militar de GAESA, te avisara que ya podías sentarte frente a un ordenador chino e ingresar a un mundo desconocido y mágico para la mayoría de los cubanos.

Una hora en la red de redes costaba el equivalente a 4.50 dólares. Un auténtico abuso. Desde el otro lado de la acera mucha gente miraba con recelo a un puñado de friquis que se podían dar el lujo de gastar en internet lo que costaba un kilogramo de picadillo o dos litros de aceite vegetal. Había una mezcla de modernidad y hambre de contrastar la información entre aquéllos que usaban un servicio que la dictadura tachaba de ‘Caballo de Troya del enemigo’ infiltrado en la finca de Fidel Castro.

Pero el dólar tiene cara de diablo. El régimen necesitaba el billete verde para no quedarse aún más rezagado en la nueva era de las nuevas tecnologías y la información. Y la apertura de internet, a velocidad lenta y desquiciante, representó una liberación espiritual y cultural en un segmento amplio de compatriotas. A cuentagotas, el Estado fue abriendo el puño represivo. Se inauguraron cientos de parques con conexión wifi donde las familias acudían como si fuesen a un picnic.

En esos primeros tiempos fue una herramienta meramente comunicacional, sobre todo para hablar con los parientes al otro lado del charco. Siempre hubo quien utilizó internet para prostituirse, conseguir empleo o una beca universitaria en el extranjero. Pero fue un regalo para los ciudadanos ávidos de información. En una de esas plazas colectivas conocí a un señor culto y muy serio, que desplegaba su laptop sentado en un banco y navegaba durante horas. Guardaba la información en el disco duro para leerla con calma en su casa. Me solía sugerir sitios y compartía conmigo artículos interesantes.

Un día, pagó 200 dólares y tuvo internet. Se compró un small tv con pantalla de 40 pulgadas y veía YouTube desde el sofá de la sala. Por ese señor fue que supe del canal de Ernesto Miami. “Ve el programa sobre el éxito en el capitalismo”, “el súper didáctico podcast sobre el estalinismo”, o “el tipo es un crack, mira el audiovisual que hizo sobre la envidia a los cubanos que emigran”, me decía. Y así, semana, tras semanas me remitía los links de su canal.

Me considero un tipo de los de antes, me gusta más leer un libro, ver una buena película que los reels o canales de You Tube. Soy tan anticuado que escribo largas parrafadas por WhatsApp en vez de enviar audios. Ante la insistencia de ese amigo, de mi esposa, luego mi hija y mi madre que reside en Suiza, comencé a ver a Ernesto Miami con frecuencia. Fue en algún momento de 2022 que el youtuber me atrapó.

Si buscas a un tipo incendiario o vitriólico, te aseguro que te equivocaste de canal. Los podcasts de Ernesto están dedicados al análisis profundo y centrado en la libertad individual. En una ciudad como La Habana, donde el mito y los rumores se confunden con la verdad, algunas personas me han dicho que Ernesto vivió en la barriada de La Ceiba en Marianao, otras, que fue su profesor en la universidad o que una vez se tomaron media docena de birras en un bar de las playas del este. Que el propio Ernesto nos devele su misterio.

Ernesto, nos llama poderosamente la atención, tu capacidad de análisis de una tan forma amena y didáctica. Además del manejo de la dramaturgia en un contenido audiovisual netamente político, ¿quién es Ernesto García? ¿Dónde y cuándo nació? ¿Por qué emigró?

—Nací en La Habana, en Maternidad de Línea, a finales de los años sesenta; pertenezco a la primera generación de mi familia que nació en un hospital y no bajo la asistencia de una comadrona. Viví mis primeros treinta años dentro de la estructura comunista, atravesando sus etapas más complejas: una infancia y adolescencia bajo el diseño de una Cuba profundamente “sovietizada” —una simbiosis entre el estalinismo y castrismo—, y una juventud marcada por la falsa expectativa de apertura que traería la Perestroika y la Glasnost. Pero cuando las compuertas de la historia parecían abrirse con la caída del Muro de Berlín, el régimen duplicó su apuesta autoritaria: “ahora sí vamos a construir el socialismo”.

—Siempre mantuve una inclinación natural hacia los valores occidentales y de libertad individual, lo que en el contexto cubano se traducía en ser pro-americano. No me gustaba la “cumbancha” ni el colectivismo. Así que me fui entre otras cosas por asfixia. El totalitarismo cubano logró algo más destructivo que la confiscación de las propiedades: logró el secuestro del significado de nación. Castro fundió la idea de patria, soberanía y cubanía con su propia figura y con el Partido Único. Bajo ese diseño, si no comulgabas con la doctrina oficial, quedabas despojado de tu identidad; te convertías en un apátrida dentro de tu propia tierra. Mi exilio fue un rechazo categórico a una simulación obligatoria. No se puede habitar un país que no te permite pertenecerte a ti mismo.

¿Cuándo y cómo surge la idea de abrir un canal? ¿A qué público va dirigido?

—El proyecto nació en abril de 2018 bajo una premisa y un formato radicalmente distintos a los actuales. Inicialmente concebido como un espacio estrictamente de audio, no me gustaba el protagonismo visual; siempre he sido una persona reservada y consideraba que la rigurosidad del argumento debía prevalecer sobre la tiranía de la imagen. Pero el mercado dictó otra cosa, así que al final tuve que encender la cámara. Al inicio el objetivo era divulgar análisis críticos y conceptos de filosofía política general y libertad. Cuba no figuraba en mi agenda. Presuponía que Youtube ya estaba saturado de creadores abordando la problemática nacional y que mi enfoque no aportaría nada nuevo.

—Sin embargo, la realidad cubana, con su disfuncionalidad económica y control social, es un centro gravitacional ineludible. Decidí publicar los primeros análisis sobre la isla y el resultado alteró el camino del canal: existía un profundo vacío de contenido analítico de alta intensidad. Lo que abundaba en las plataformas era la reacción noticiosa o el activismo, pero descubrí que el público demandaba esto que yo ofrecía.

—Mi contenido encontró su público, personas que buscaban descifrar el totalitarismo cubano fuera de las zonas de confort ideológico. El canal no se dirige al espectador que busca la catarsis efímera o el entretenimiento político. Es una comunidad —tanto dentro de la isla como en la diáspora— que exige rigor histórico, desmontaje de mitos metodológicos y un examen frío de la economía política y la sociología del castrismo.

—Mi propósito no es decir qué pensar, sino proveer la arquitectura conceptual, las herramientas necesarias para comprender cómo operan las estructuras del poder y la sumisión. El éxito del formato demostró que, contra el prejuicio común de que las redes sociales solo digieren lo inmediato, existe una audiencia madura que prefiere la complejidad teórica. Así que esa es mi “inmensa minoría”.

Sabemos la pasión exagerada de los cubanos en temas políticos. Como habría dicho el generalísimo Máximo Gómez, ‘los cubanos o no llegamos o nos pasamos’. Tenemos la tendencia de creer que quienes piensan diferente a nosotros están equivocados. Por tu mesura en el tono, hablas sin gritar ni ofender los que tienen otras posturas políticas, nos cuesta encasillarte en una bandería política determinada. ¿Cuál es tu doctrina política?

—La tendencia a la polarización extrema en el análisis sobre Cuba no es un simple rasgo de temperamento nacional; es la consecuencia directa de enfrentarse a un sistema que canceló todo espacio de deliberación racional. Cuando el poder del Estado se fundamenta en la lógica schmittiana de destruir al enemigo y opera bajo un diseño de “esclavismo científico” —donde las instituciones anulan la condición de individuo para convertir al ciudadano en masa maleable—, la moderación y el análisis suele confundirse con debilidad. Sin embargo, mi mesura no es neutralidad (no soy un observador neutro); es una posición metodológica. El totalitarismo se nutre del grito y de la anulación del pensamiento crítico; combatirlo con sus mismas herramientas es entrar en su terreno de juego.

—Yo parto de una premisa fundamental: la primacía del individuo frente al colectivo. Analizo las ideas y las acciones de forma desagregada, defendiendo el derecho absoluto de cada ser humano a trazar su propio proyecto de vida, su fe y sus lecturas, con una sola condición irrenunciable: el respeto al principio de no agresión y la ausencia de coacción estatal en la medida de lo posible. Por eso considero muy peligrosa cualquier cosmovisión universalista que pretenda instrumentalizar el monopolio de la fuerza para moldear la sociedad. Hoy vivimos en un ecosistema saturado de estos ingenieros sociales “universalistas”, individuos y partidos convencidos de que su doctrina es tan providencial que justifica el uso de la coerción estatal para obligar al resto a asumirla. Un gran peligro de la dictadura de la mayoría.

—Si me viera obligado a etiquetar mi postura política —un ejercicio en el que no suelo invertir demasiado tiempo— me definiría dentro de los márgenes del pensamiento liberal-libertario. Mi brújula ética es la libertad negativa: la convicción de que cada individuo es soberano de su cuerpo, de su mente y del fruto de su trabajo. Bajo esta óptica, cualquier expansión deliberada de las facultades del Estado —ya sea en su dimensión económica mediante la asfixia regulatoria, en su dimensión moral a través de la ingeniería social, o en su dimensión geopolítica— constituye una amenaza directa hacia la civilización. El “vive y deja vivir” es la máxima con la que despido mis videos; es la base de un orden social espontáneo y pacífico, y la antítesis exacta del modelo totalitario que destruyó nuestro país.

En términos de la política estadounidense, ¿eres demócrata o republicano? ¿O simplemente votarías por un gobierno con propuestas locales que consideres necesarias? ¿O eres de los cubanos que duermen con la Isla debajo de la almohada y votan de acuerdo a la postura sobre el tema de Cuba en determinados candidatos presidenciales?

—Soy independiente; no pertenezco ni guardo lealtad a ninguna de las dos grandes maquinarias partidistas. De hecho, practico lo que en teoría política se conoce como un abstencionismo consciente. Voté una sola vez, hace más de dos décadas, para experimentar de primera mano la mecánica de la democracia representativa, pero no he vuelto a las urnas porque encuentro un profundo déficit de representación respecto a los pilares fundamentales de una sociedad genuinamente libre.

—Resulta inevitable constatar una incongruencia sociológica: en una nación de más de 345 millones de habitantes, que concentra la vanguardia del talento, la ciencia, los negocios y la academia, las maquinarias de ambos partidos terminan ofreciendo opciones presidenciales que distan mucho de esa excelencia. El proceso contemporáneo de selección de élites políticas parece favorecer la estridencia, es más un show o una pasarela que un sistema que premie la sabiduría y la grandeza. Ante ese menú limitado y forzado por el partidismo, prefiero mantener una distancia analítica y ética.

—Por otra parte, comprendo y valido analíticamente la conducta de la comunidad cubanoamericana que vota con la realidad de la Isla. Desde la perspectiva de la ciencia política, esto no es un impulso emocional; es el funcionamiento óptimo de un grupo de presión étnico dentro de un sistema pluralista. Es una realidad incontestable que, sin la presencia estratégica de legisladores de origen cubano en el Capitolio y el posicionamiento de figuras clave en la política exterior como el caso del Secretario Rubio, la causa por la libertad de Cuba habría sido sepultada bajo el peso de la indiferencia internacional.

—El exilio cubano entendió con rapidez las reglas del juego del poder en Washington: la influencia no se implora, se ejerce a través del voto unificado y el financiamiento político. Que una comunidad relativamente pequeña en términos demográficos logre mantener la crisis de un país caribeño en la agenda de la principal potencia del mundo es un caso de estudio de alta eficacia política. Por ende, no veo contradicción en que convivan el pragmatismo local de la comunidad con mi propio escepticismo.

Existe un amplio debate en el minoritario sector de la disidencia interna, sobre la estrategia que ellos consideran correcta para presionar a la dictadura verde olivo a iniciar una transición democrática o que den un paso al lado y renuncien al poder. Algunos opositores apuestan por el poder suave que ejerció Obama. Pero un amplio segmento de la población —al límite con la pésima gestión del régimen—, apoya la línea dura de Trump e incluso es partidario de una intervención militar quirúrgica o humanitaria. ¿Por cuál postura se decanta Ernesto Miami? ¿O crees que hay una tercera alternativa?

—No me gusta la guerra. Y no por un pacifismo ilusorio, sino por una convicción de filosofía política: “la guerra es la salud del Estado”. Pero el castrismo nos ha llevado a este punto. Si hay una intervención militar o humanitaria, es culpa de su tozudez y su anclaje al poder. Lo que suceda será responsabilidad de ellos que no dejaron un espacio para una solución nacional pacífica.

—Por otro lado, la vía del presidente Obama partió de un error de diagnóstico elemental sobre la naturaleza de los regímenes post-estalinistas. El “deshielo” asumió de manera ingenua que la apertura económica generaría apertura política. En Cuba eso es imposible porque el mercado está monopolizado. Aquella flexibilización no “salpicó” a la sociedad civil; se tradujo en una transferencia directa de capitales hacia el conglomerado militar GAESA, fortaleciendo las finanzas de la élite en lugar de favorecer al ciudadano.

—El caso de la administración Trump requiere un análisis desprovisto de pasiones. Si vamos estrictamente a los hechos observables, su política rompió con décadas de inercia y forzó a la élite militar cubana a operar en una constante incertidumbre. Su lenguaje no fue el de la diplomacia, sino el de la fuerza y la presión financiera, el único código que un régimen militar respeta. Es evidente que Cuba nunca fue el núcleo de su agenda global, sino una nota al pie de página impulsada por el exilio histórico y figuras como Marco Rubio.

—Aunque las sanciones no han provocado la caída inmediata del régimen, lograron algo fundamental: elevaron el costo de supervivencia de la dictadura y, crucialmente, devolvieron la crisis cubana al debate político internacional. Tras años de un preocupante silencio donde Cuba parecía un tema olvidado del siglo XX, la isla volvió a estar en el foco de las noticias. Existe, por supuesto, una tercera alternativa, que es la combinación de la presión externa con el factor determinante y ausente: la movilización interna total.

—Hoy observamos en el cubano una desesperación que a menudo se manifiesta de forma atomizada. Lo vemos cada noche, en los diferentes barrios, cuando suenan las cazuelas y arden los latones de basura. En política, la percepción se convierte en realidad. El Partido Comunista lo sabe; por eso escenifica marchas, manipula los encuadres de televisión y vende al mundo la ilusión de que el descontento es una anomalía marginal pagada desde el extranjero.

—El 11 de julio de 2021 destruyó esa farsa de manera irreversible. Ese día la percepción de unanimidad se quebró. Y el mensaje recorrió el mundo. La ecuación de la transición democrática en Cuba no se resolverá con milagros externos ni con concesiones unilaterales; se resolverá cuando la ciudadanía asuma de forma colectiva que la soberanía no se negocia con el opresor, se pide en la calle. Los militares le temen mucho a eso y esa es la fuerza que falta por activar.

Los cubanos están cansados de sus vidas precarias, de comer poco y mal y de los apagones interminables. Quieren que esta pesadilla termine ya. Quieren acción, pasos concretos. Ven el futuro entre signos de interrogación. ¿Cómo vislumbras tú el futuro de nuestra patria?

—El futuro de Cuba no está predeterminado por el azar, sino por una disyuntiva antropológica: ¿qué es lo que realmente está dispuesto a exigir el ciudadano cubano? Tras décadas de una miseria que desgasta el tejido psíquico de la nación, el régimen ha logrado empujar a la población a lo paupérrimo. Cuando la vida de un individuo se consume en resolver el pan, el agua y las horas de apagón, la libertad política corre el riesgo de percibirse como un lujo teórico y no como una necesidad inmediata.

—La cúpula militar apuesta por ese agotamiento. Su estrategia de supervivencia contempla una reforma al estilo de China, Vietnam o la Rusia post-soviética: concesiones económicas mínimas, un mercado controlado que garantice el suministro básico para evitar un estallido social, pero manteniendo el monopolio absoluto del poder político. El peligro real es que, ante el cansancio extremo, una parte de la sociedad acepte ese pacto fáustico: un poco de luz y comida a cambio de la sumisión prolongada. El futuro dependerá de si el cubano entiende que la precariedad material es un síntoma, y que la única forma de erradicarla definitivamente es extirpando la causa, la dictadura socialista.

—No me gusta jugar al rol de adivino. Sin embargo, hay variables subterráneas en el tablero que configuran escenarios complejos. El mayor obstáculo actual para una transición real es la persistencia en el imaginario colectivo de un Deus ex machina: esa herencia cultural de esperar un milagro externo que resuelva la tragedia sin costo propio, ya sea un barco de petróleo, la muerte de la dirigencia o una intervención militar extranjera. Existe un deseo unánime y manifiesto de cambio, pero que se traduce en una acción mayoritariamente no política: la resistencia pasiva e informal.

—El cubano protesta por la falta de servicios, lo cual es legítimo, pero aún falta articular ese descontento en una voluntad popular organizada con demandas netamente políticas. Ninguna democracia se ha fundado sobre la base de la evasión o la espera pasiva; los sistemas totalitarios no caen por su propia voluntad, se derriban cuando la presión interna vuelve impracticable su gobernabilidad. Pregunto: ¿se puede construir una democracia con individuos que nunca han vivido en libertad y que han sido educados bajo el dogma de la obsequiosidad estatal? Hay quienes sostienen que primero debe ocurrir un cambio de mentalidad cultural para luego aspirar a un sistema libre. Me gustaría pensar en otra alternativa. Esperar a que un laboratorio social totalitario produzca ciudadanos demócratas perfectos antes de cambiar el sistema es una utopía circular.

—La libertad y la responsabilidad democrática son prácticas que se aprenden ejerciéndolas. La historia demuestra que la institución moldea el comportamiento humano y no al revés. Cuando a un individuo se le devuelven sus derechos de propiedad, la soberanía sobre el fruto de su trabajo y el imperio de la ley, la mentalidad de siervo —que no es genética, sino una estrategia de adaptación al terror— se disuelve con rapidez para dar paso al sentido de responsabilidad cívica. El desafío no es reeducar al cubano antes de la transición; el desafío es demoler el andamiaje institucional totalitario para que el cubano pueda, por fin, descubrir lo que significa ser un ciudadano libre.

¿Al fin podremos acceder a una democracia estilo Panamá, Uruguay o Costa Rica o por mala fortuna o un karma maligno que nos persigue, pasaremos de una dictadura comunista a una oligarquía capitalista de amigos?

—El riesgo de pasar de un totalitarismo quebrado a un capitalismo de compadres —donde la vieja élite militar se quita el uniforme para ponerse el traje— no es una maldición; es una dinámica sociológica predecible si no se interviene el diseño institucional. Los seres humanos poseemos una tendencia tribal intrínseca a asociarnos en redes de complicidad y beneficio mutuo. En Cuba, esa propensión antropológica fue perfeccionada durante décadas bajo el código del “sociolismo”: la necesidad de la red clientelar.

—Es vital comprender que el monopolio genuino solo existe bajo el amparo, la regulación y la protección del Estado. El mercado, cuando opera en un marco de libre competencia real, es inherentemente dinámico y tiende a pulverizar las posiciones estáticas de poder. El verdadero peligro en la Cuba post-comunista no es el libre mercado, sino la persistencia de un Estado hipertrofiado que sea capturado por los intereses económicos de la élite saliente. Si la transición no desmantela el andamiaje político que permite otorgar privilegios, subsidios selectivos, licencias exclusivas y aranceles a la medida, lo que tendremos no será una economía libre, sino un capitalismo amañado donde el éxito empresarial dependerá de la cercanía al poder.

—A pesar de la devastación actual, Cuba cuenta con ventajas que hacen viable el camino hacia una democracia institucional estable. El colapso del modelo actual es tan absoluto que la élite no tiene un sistema productivo eficiente que heredar. La destrucción de la economía obliga a una refundación radical. Esto permite diseñar desde cero un marco constitucional con reglas del juego claras, basadas en la separación estricta de poderes y la descentralización absoluta de las facultades económicas del Ejecutivo.

—A diferencia de otras transiciones, Cuba cuenta con una comunidad en el exilio densamente integrada en los flujos financieros, comerciales y tecnológicos globales. Este capital no solo está listo para invertir, sino que se ha educado bajo las reglas del juego del capitalismo y exigirá seguridad jurídica y transparencia. La única garantía para evitar la oligarquía capitalista de “compinches” es un compromiso estricto con la limitación del poder político. No podemos confiar la transición a la “buena voluntad” de nuevos líderes; debemos confiarla a la inflexibilidad de las leyes.

—El nuevo marco institucional debe priorizar tres reformas estructurales inmediatas: primero, la desmonopolización y privatización transparente mediante subastas públicas internacionales, impidiendo que los activos estatales sean transferidos a dedo a militares testaferros; segundo, una legislación draconiana de libre competencia y antitrust que prohíba los monopolios corporativos; y tercero, la neutralización de la capacidad del Estado para intervenir en la economía. Cuando el poder político pierde la facultad regulatoria de decidir quién prospera y quién quiebra, el capitalismo de amigotes se queda sin el oxígeno que lo alimenta. El futuro dependerá de un andamiaje constitucional: o diseñamos un Estado mínimo y fiscalizable que defienda al individuo, o las tribus del viejo y el nuevo poder secuestrarán el libre mercado antes de que este logre nacer.

Cuando lleguen los cambios, que yo desde La Habana veo al doblar de la esquina, ¿regresarías a Cuba?

—La verdad es que ya he vivido más tiempo en Miami que en La Habana; he echado raíces, he construido un hogar y una dinámica en el exilio. Un retorno definitivo, a tiempo completo, no sería un proceso sencillo ni automático. Sin embargo, me entusiasma la idea de un regreso fluido: pasar temporadas extendidas en la Isla, volver a recorrer sus calles sin el peso de la simulación y, sobre todo, respirar el oxígeno de una nación en pleno proceso de refundación. Quiero ser testigo y partícipe de ese renacimiento.

—Existe un mito frecuente según el cual quienes nos dedicamos al análisis crítico del castrismo nos quedaremos sin propósito el día que caiga la tiranía. Yo lo veo exactamente al revés. Denunciar la ineficiencia de un apagón, desmantelar la burda propaganda del PCC o documentar la miseria es una labor necesaria, pero que con el tiempo se vuelve monótona y predecible; al fin y al cabo, el totalitarismo siempre fracasa.

—El verdadero valor de mi trabajo adquirirá su máxima dimensión cuando la censura deje de existir. Mi propósito no es ser un sepulturero del pasado, sino un observador implacable del presente. Una sociedad libre no es un Edén exento de conflictos; por el contrario, la democracia es un sistema ruidoso, lleno de debates económicos, tensiones institucionales y dilemas de políticas públicas.

—Es ahí, en la construcción de lo nuevo, donde el pensamiento crítico se vuelve indispensable. Aspiro a ejercer la crítica y al debate libre dentro de esa nueva Cuba que comience a edificarse. El fin de la dictadura no será el cierre de mi canal; será el inicio del capítulo más complejo, desafiante y estimulante de nuestra historia contemporánea. No trabajamos para ver el fin de una pesadilla, sino para auditar el comienzo de una república.

Desde Lucerna, Suiza, Tania quisiera conocer más sobre tu vida, porque ha hablado con varios de tus seguidores y algunos piensan que eres profesor universitario de filosofía, otros un diseñador gráfico y los más imaginativos, que eres músico, amante del rock. Para ella, eres una combinación de periodista, profesor, locutor y realizador audiovisual. Al margen de estudios, profesión y curriculum laboral, lo que es innegable es que a tu dominio de temas históricos, políticos, económicos y filosóficos, se une tu facilidad de palabras, dominio del idioma y buena dicción.

—Hay cierta mística en esos rumores. No, nunca he sido profesor universitario de filosofía. Sin embargo, el resto de las sospechas son ciertas. He habitado muchas vidas en una sola: fui músico profesional —rockero de pelo largo, para más señas—, compositor de bandas sonoras para cine, televisión y teatro, diseñador gráfico, dramaturgo, webmaster, escritor de televisión, dueño de un negocio de computadoras y, en los códigos más realistas, también he sido chofer de camiones y guardia de seguridad. He cargado cajas y he programado códigos. La realidad es que han sido mis músculos los que me han dado comida y techo.

—Esta acumulación de oficios es en realidad la infraestructura técnica y mental detrás de mi canal. Yo no concibo el formato de YouTube como el espacio de un profesor que dicta cátedra, sino como el territorio de un ensayista. La diferencia es fundamental: el profesor transmite un dogma o un programa preestablecido; el ensayista, en cambio, se plantea una pregunta, investiga, duda, cruza variables históricas o económicas y propone una tesis personal. En mi caso, el video en sí mismo es el ensayo. En cada entrega confluyen todas mis facetas previas: el diseño de la identidad visual, la edición, la investigación y la composición de la música original. Absolutamente todo lo que el espectador ve y escucha en la pantalla está hecho por mí.

Ernesto, ¿tu origen chino es por línea materna o paterna? ¿Cuál es tu estado civil?

—Para ser honesto, la clasificación racial o fenotípica es algo a lo que nunca le he prestado la menor importancia; para mí, el centro siempre es el individuo, no su taxonomía. A raíz de la pregunta de Tania, consulté a mi tía, la matriarca de la familia, quien me confirmó que un tatarabuelo de mi línea materna era chino-cubano. De ser exacto su recuerdo, el ancestro asiático sería mi trastatarabuelo. Me acabo de enterar, pensé que tenía de congo o de carabalí y resultó que era de “narra”. Vengo de una familia muy pobre, de la que no se puede dar el lujo de hacer árbol genealógico, por eso priorizo las ideas por sobre los linajes. Estoy casado desde muy joven. Mi esposa ha sido la constante y el anclaje fundamental a lo largo de todas estas décadas de transiciones, exilios y proyectos.

¿Siempre Ernesto Miami ha tenido esa barba estilo bolchevique?

—¿Bolchevique? Si repasamos la iconografía soviética, los bolcheviques —desde Lenin y Trotsky hasta Dzerzhinski o Kalinin— lo que usaban era perilla, no una barba densa como la mía. Es sintomático, y a la vez divertido, que en el imaginario cubano cualquier barba se asocie de inmediato con el comunismo. Ese es el vivo reflejo del trauma antropológico y estético que inoculó Fidel Castro: el régimen confiscó hasta la fisionomía y la moda. En la dinámica del canal, mi barba es un fenómeno divisivo; de hecho, estoy convencido de que si me afeitara, los algoritmos y los números subirían de inmediato porque hay un sector al que esa estética le activa las alarmas del subconsciente.

—Uso barba desde los 21 años —con breves interrupciones por exigencias de mis empleadores— y me niego a que el castrismo decida cómo debo lucir. Si tuviera que buscar el origen de esta estética, mis referentes no son los guerrilleros de la Sierra Maestra ni los burócratas del Kremlin, sino mis primeros héroes intelectuales: Sócrates, Platón, Aristóteles, Da Vinci, Darwin o Walt Whitman. La barba pertenece a la tradición del pensamiento clásico y del humanismo, no al colectivismo militar.

—Además, para despojarnos por un momento de la densidad filosófica, hay un factor estrictamente pragmático: afeitarse todos los días es una pérdida de tiempo soberana. Prefiero invertir esos minutos diarios en investigar, editar y seguir desmantelando las ideas que destruyeron Cuba.

Diario Las Américas, 16 de julio de 2026.


Posted

in

by

Tags:

Comments

Dejar un comentario