Introducción
A finales de diciembre de 1956, y con un cargamento de heroína evaluado en 16 mil dólares, fueron capturados en La Habana los hermanos Rafael y Tomás Herrán Olozaga. Rafael era químico, Tomás era piloto, y eran hermanos gemelos originarios de Medellín, Colombia. También fueron arrestadas dos mujeres colombianas, una de ellas había ayudado a introducir la droga en Cuba, la segunda era la esposa de Tomás y operaría como “courier” hacia los Estados Unidos, aprovechando que era estudiante universitaria en Filadelfia. Con los colombianos fue capturado Antonio Botana Seijo, de nacionalidad cubana.
Los Herrán Olozaga confesaron que ya habían llevado drogas a Cuba en el pasado, aparentemente estaban en el negocio desde 1948. Después de su captura, todos, exceptuando Tomás, salieron baja fianza y se fueron para Mérida. Tomás, aparentemente el jefe de la banda, estuvo un año preso en Cuba y una vez libre, regresó a Medellín. En febrero de 1957, agentes del Servicio de Inteligencia de Colombia, ayudados por un oficial antinarcóticos de los Estados Unidos, allanaron el laboratorio de los Herrán en las afueras de Medellín.
Los hermanos Herrán Olozaga provenían de la élite colombiana. Su tatarabuelo y bisabuelo, Tomás Cipriano de Mosquera y Pedro Alcántara Herrán habían sido Presidentes de la Republica durante el siglo XIX. Su abuelo, Tomas Herrán, nacido en el Palacio Presidencial, firmó el frustrado tratado para la construcción del Canal de Panamá en 1903. El padre de los Herrán Olozaga fue cónsul de Colombia en Hamburgo y se casó con una mujer emparentada con el principal clan de industriales de Medellín.
Los hermanos Herrán Olozaga fueron los pioneros en el procesamiento y tráfico de drogas entre Medellín y Cuba y los Estados Unidos a mediados del siglo XX. Sus actividades en Cuba me llevaron a tratar de seguirles la pista en el fondo del Departamento de Justicia de los Archivos Nacionales de los Estados Unidos y en el Archivo Nacional de Cuba. La cantidad de información que encontré sobre el narcotráfico, el juego y el contrabando en Cuba me llevaron a otra investigación, algunos de cuyos resultados presento en esta conferencia.
La dinámica economía de Cuba tuvo una gran integración a las corrientes migratorias y el comercio internacional durante las primeras décadas del siglo XX. El desarrollo de las comunicaciones tanto maritimas como aéreas contribuyó al contrabando y al narcotráfico. Los grupos de narcotraficantes eran locales, compuestos primero por inmigrantes radicados en Cuba, eventualmente por cubanos. Estos inmigrantes desarrollaron redes con Europa, el Medio Oriente, Sudamérica y Estados Unidos.
Cuba, por tanto, no fue una simple “victima”, sino que jugó un papel muy activo en el narcotráfico. De otra parte, la isla tenía una herencia de contrabando, un sistema ineficiente de justicia y una corrupción rampante y generalizada. Las personas condenadas por tráfico y consumo de drogas eran pobres, pequeños traficantes o consumidores, generalmente de marihuana, o inmigrantes chinos acusados de fumar opio. Los traficantes más importantes de cocaína y morfina escapaban de la justicia y si eran capturados salían bajo fianza.
Durante la prohibición del alcohol de los años 20 en los Estados Unidos, se llevaban grandes cantidades de licor de contrabando desde Cuba hacia Norteamérica. El contrabando era principalmente de rones, aunque también incluía vinos y otros licores. Había capitanes de barcos y tripulaciones norteamericanas, aunque también había cubanos y marinos de otras nacionalidades, como británicos y españoles.
El modo de operar de estos contrabandistas era cargar legalmente el licor en Cuba (generalmente desde La Habana) y presentar un manifiesto en el que declaraban como puntos de destino puertos generalmente en Honduras, pero también en Belice, Guatemala, Bahamas y México, para en realidad dirigirse finalmente a la Florida, Luisiana, Georgia y Nueva York.
La mayoría de las embarcaciones eran de bandera norteamericana, británica, cubana y hondureña, las naves que portaban esta última nacionalidad pertenecían en realidad a los otros países y aparecían matriculadas en Honduras para pretender una coartada supuestamente más sólida. Cuando se les hacía un seguimiento, los capitanes de los barcos recurrían a las mismas excusas: habían perdido su manifiesto o estaban navegando a la deriva debido al mal tiempo o a daños en sus embarcaciones.
Los contactos en La Habana eran cubanos y norteamericanos quienes operaban a través de empresas comerciales legales e incluso como agentes de aduana. Las rutas de contrabando entre Cuba y los Estados Unidos eran utilizadas para el comercio ilegal de otros productos, como cargamentos de frutas cubanas llevadas a la Florida, y cigarrillos norteramericanos introducidos en la isla. Además, el tráfico de narcóticos desde Cuba hacia los Estados Unidos corría paralelo al de licores.
Las actividades de contrabando entre Norteamérica y Cuba se remontaban por lo menos al siglo XVIII. El historiador Manuel Moreno Fraginals señala que el contrabando no tenía para muchos “una connotación delictiva”, de hecho varias ciudades debieron su prosperidad durante la colonia al contrabando.
En una comunicación de mediados de diciembre de 1924, la representación diplomática norteamericana en Cuba informó que “La Habana se ha convertido en la base principal para operaciones de contrabando (…) Cuba no es solamente la base para el contrabando de licores, sino también para el contrabando de narcóticos e inmigrantes ilegales”. El contrabando de inmigrantes ilegales entre Cuba y los Estados Unidos era principalmente de chinos, aunque también se reportaron numerosos casos de contrabando de inmigrantes de diversas nacionalidades, desde españoles hasta griegos y armenios, que se hacía en las mismas embarcaciones en las que se hacía el contrabando de licores.
Cuba se pobló con diferentes olas migratorias. Esto reflejaba la composicion étnica de Cuba en las primeras décadas del siglo XX. Más de medio millón de españoles, principalmente gallegos, asturianos y canarios, constituían el 16 por ciento de la población de Cuba hacia finales de los años 20. Además, había numerosos residentes de origen chino, jamaiquino, haitiano, árabe, norteamericano y europeo. Muchos inmigrantes españoles prosperaron y se calcula que para 1932 casi 43 mil negocios estaban en manos de españoles en Cuba en diferentes ramos del comercio, los servicios y la industria. Pero por encima de todo, los españoles dominaban el comercio.
Las drogas ilegales venían inicialmente de Europa. Por ejemplo, se reportó que dos barcos de la Compañía Transatlántica Española llevaban narcóticos. Los barcos de esa compañía habían trasladado inmigrantes españoles durante años en rutas que cubrían diferentes puertos españoles antes de arribar al Nuevo Mundo. Los narcóticos provenientes de Europa eran traídos también en buques alemanes e italianos. Estos narcóticos provenian de Marsella, principalmente, y de Hamburgo.
El opio se llevaba a Cuba para el consumo de los chinos que vivían en La Habana. Con la migración masiva de chinos a diferentes partes del mundo, muchos emigrantes, generalmente solteros, pobres y solitarios, llevaron el hábito de fumar opio a las tierras donde se establecieron. Cuba fue el principal país latinoamericano receptor de inmigrantes chinos. Entre 1847 y 1874 entraron por encima de 100 mil “culis” (trabajadores con contratos de servidumbre) chinos a la isla.
Los chinos fueron llevados para resolver un problema de oferta de mano de obra en las haciendas azucareras. En una segunda oleada migratoria, esta vez de personas libres, entre 1903 y 1929, llegaron alrededor de 20 mil chinos a Cuba. Y aunque los inmigrantes chinos se encontraban por toda la isla, La Habana se constituyó en su principal concentración urbana en las Américas, después de San Francisco y Nueva York.
El Barrio Chino, una versión habanera del Chinatown, creció y se consolidó como punto de reunión de los asiáticos, aunque muchos de éstos habitaban y tenían sus negocios en diferentes puntos de la ciudad. Los chinos en Cuba dominaban la distribución minorista de frutas y verduras, así como otros negocios pequeños como la venta de comida y lavanderías.
Las estadísticas oficiales muestran que un alto número de los arrestos por consumo de drogas en las primeras décadas del siglo se hacían entre las personas de origen chino. Los reportes de la policia señalaban que “los fumadores y viciosos del Opio son casi todos chinos” y que de los 2 mil 255 adictos por drogas ingresados al Lazareto del Mariel hasta 1936, la mitad eran chinos.
Asi como se usaba el opio entre los chinos, se consumia cocaína entre grupos pudientes de personas blancas. En cuanto a la marihuana, aunque se reconocía que se había expandido a diferentes clases, se subrayaba la importancia de su consumo entre “malvivientes de color…procedentes de los bajos fondos sociales”. Hasta la década de los 30, la marihuana no se había considerado un problema de salud pública en los Estados Unidos. Hasta entonces, se percibía como un vicio de grupos étnicos minoritarios, bohemios, músicos de jazz, marinos y otros elementos marginales de la sociedad.
Cuando se empezó a reportar que jóvenes anglos estaban consumiendo la yerba, comenzó una presión por parte de grupos de educadores y comunidades religiosas para ilegalizarla. El mismo Buro Federal de Narcóticos estaba detrás de los esfuerzos para criminalizar la marihuana, anunciandola como una droga que inducía a la violencia entre los que la fumaban. Todas estas gestiones tuvieron éxito cuando el presidente Franklin D. Roosevelt sancionó un decreto contra la marihuana en 1937.
Curiosamente, y debido quizás a la legislación reciente y a las fuertes campañas contra la marihuana en los Estados Unidos, en Cuba se calificaban sus efectos en peores términos que los efectos de otras drogas. “El más maldito de los vicios”, lo llamó un autor, para quien los consumidores de marihuana “sufren delirios furiosos (y cometen) no solo gran número de los delitos sexuales más atroces, sino los más violentos y feroces crímenes”. Para otro, “la maldita yerba” con la que “se embriaga sobre todo la juventud” era “una desgracia en nuestro país”. La marihuana era uno de los principales vicios en Cuba, junto el alcohol, la homosexualidad y “los placeres solitarios”.
Un buen ejemplo de un inmigrante español que prosperó gracias al trafico de drogas fue José Antonio Fernández y Fernández. Nacido hacia 1900, Fernández llegó a Cuba a los veinte años de edad. A pesar de ser asturiano se le conocia como “el Gallego”. Recién llegado trabajó como cantinero y un par de años más tarde compró un restaurante cerca de los muelles en La Habana. En este establecimiento se hizo amigo de marinos españoles de los barcos que traían narcóticos desde Barcelona y se convirtió en distribuidor de las drogas traídas por estos marinos.
En 1927 vendió el restaurante y viajó a Estados Unidos y a varios países latinoamericanos en los que estableció contactos con miembros del bajo mundo. Fue arrestado a finales de 1927 cuando regresó a La Habana y los agentes de aduana le descubrieron varias botellas de cocaína escondidas entre sus ropas, pagó una fianza y salió libre. Con el comienzo de la Guerra Civil Española, el tráfico de barcos españoles se volvió irregular. Fernández realizó entonces contactos con marinos de los barcos Istria y Aras de la Compañía Italiana di Navigaciones. Estos barcos hacían paradas en Vigo y Cádiz, puertos que ya estaban en manos de las tropas franquistas, y recogían narcoticos.
En octubre de 1936, Ernesto Álvarez Digat, un farmaceuta de La Habana, aceptó procesar heroína del opio que le entregó Fernandez. Los paquetes de opio provistos por Fernández traian la marca alemana Merck. Álvarez alcanzó a procesar cinco kilos de heroína antes de ser arrestado y condenado a un año de prisión en 1938. Fernández también fue arrestado, pero se le dejó libre por supuesta falta de evidencia. El 24 de abril de 1940, los detectives se presentaron con una orden de cateo y revisaron su vivienda y encontraron siete libras de cocaína y ocho libras de morfina.
Fernández era un distribuidor muy importante con conexiones con varios farmaceutas locales. Cuando se le incautaron las drogas, se notó en La Habana una crisis entre los drogadictos al aumentar considerablemente la solicitud de éstos de ser internados en el Lazareto del Mariel, por no poder obtener las drogas en la calle. Cuando Fernandez fue arrestado en 1940, no fue llevado a la corte gracias a que su abogado pudo aplazar el juicio. Después de al menos una decena de aplazamientos, y de presiones contra los testigos, Fernández fue condenado a un año de prisión en 1943. Pero apeló y salió libre bajo fianza de 5 mil dólares.
Para evitar ser deportado, se apresuró en conseguir la ciudadanía cubana. Su abogado era hermano del último secretario privado del ministro de Relaciones Exteriores, lo cual probablemente le ayudó en sus trámites, a pesar de tener cargos penales pendientes. La apelación fue llevada a la Corte Suprema en 1945, la cual ratificó la condena de un año. Fernández pagó la condena, no en la cárcel, sino en la Quinta Covadonga, un agradable centro hospitalario de la comunidad asturiana, argumentando razones de salud.
Todavia en 1950, “el Gallego” Fernández era importador de morfina traída desde España y mantenía conexiones con otros traficantes importantes en Cuba, como Abelardo Martínez del Rey, alias “el Teniente” y Octavio Jordan Pereira, alias “el Cubano Loco”, quienes traficaban con drogas desde Perú y España para abastecer los mercados cubano y norteamericano. Para entonces, el otrora humilde inmigrante, había acumulado una fortuna considerable. Era dueño de un almacén de cristalería y locería, de una mueblería, y socio de una fábrica de juegos de dominó. Poseía además un edificio de apartamentos, cuatro casas en La Habana y una casa de recreo en la playa. En apariencia, era otro ejemplo del comerciante español, trabajador y exitoso.
A comienzos de los años 40, Claude Follmer preparó un extenso reporte para el Buró Federal de Narcóticos. Su visión global sobre la situación en Cuba era negativa y culpaba a las autoridades policiales de la isla. “Como resultado de la ineficiencia y la corrupción de los nacionales de policía, pasados y presentes, todos los vicios conocidos en la civilizacion moderna han prosperado en Cuba durante muchos años. En este momento, lo mismo que en años recientes, los crímenes predominantes en Cuba son el asesinato, el juego, la prostitución, y un tráfico extenso de narcóticos y marihuana”.
Recordaba Follmer que con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, los narcóticos que antes llegaban a Europa fueron reemplazados por cocaína peruana que llegaba en barcos chilenos, y resaltaba que “en el momento presente (1943) la República de Cuba está literalmente inundada de cocaína peruana, la cual en el caso de La Habana es vendida a varios miles de cocainómanos en esa ciudad”. Concluía que las autoridades no hacían mayor cosa y que las drogas ilegales se vendían en forma abierta.
Sin embargo, los reportes anuales presentados ante la Liga de las Naciones por parte del gobierno cubano a comienzos de esa década, habían señalado que el consumo ilegal de narcóticos “no (tenía) mayor importancia en Cuba”, aunque en privado Eduardo Palacios Planas, Comisionado de Drogas, reconocía el nivel de narcóticos y la poca colaboración del gobierno cubano para combatirlo.
Para el embajador norteamericano Spruille Braden, la tolerancia con el consumo y tráfico de drogas era parte de un ambiente generalizado de corrupcion: “…los manejos ilícitos y la corrupción en todas sus formas son ampliamente dominantes en Cuba e involucran a funcionarios de alto y bajo nivel. Incluso aquéllos en los círculos inmediatos al presidente, (y) algunos miembros del gabinete…tienen un interés directo en las ganancias que se obtienen de esas prácticas (…). En el presente, varios funcionarios cubanos prominentes mantienen estrecho contacto con aquéllos que se saben están comprometidos con el tráfico de drogas, y hay razón para creer que algunos de esos funcionarios obtienen ingresos del tráfico clandestino de drogas y de actividades ilegales asociadas”.
Para el historiador Jules R. Benjamin, la corrupción en Cuba era el resultado de la combinación “de la herencia colonial (hispánica) en la política cubana”, “la creciente corriente de dólares” proveniente del gobierno norteamericano a través de los programas de Lend-Lease durante la Segunda Guerra Mundial y el precio favorable del azúcar en los mercados internacionales.
Por su parte Louis A. Pérez afirma: “La Segunda Guerra Mundial creó nuevas oportunidades para el desarrollo económico cubano, sin embargo, pocas de ellas fueron hechas realidad (…) Los fondos fueron utilizados irracionalmente. La corrupción y los malos manejos incrementaron y contribuyeron en buena medida a las oportunidades perdidas como la mala administración y los cálculos erróneos”.
De todas formas, anotaríamos que la corrupción aumentó en todo el continente durante la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de la posguerra: los controles de precios, los racionamientos, los préstamos y programas del Export-Import Bank y del Lend-Lease, las listas negras contra empresarios provenientes de los países del Eje, el nepotismo, la rotación sin controles entre el sector público y el privado, el aprovechamiento de los planes de fomento y de la protección a sectores y a grupos económicos determinados en detrimento de otros grupos y la sociedad en general.
Un reporte del grupo antinarcóticos de la Policía Secreta de Cuba informó sobre el arresto de 353 individuos durante 1946. La mayoría de las personas arrestadas eran drogadictos (quienes eran enviados al Lazareto en el Mariel) y pequeños vendederos, “peces chicos”. Además, la casi totalidad de los arrestos y los decomisos tenían que ver con marihuana y opio. En el caso de la marihuana, los expendedores y consumidores se repartían más o menos por igual entre blancos y personas de color (negros y mulatos). Entre los adictos al opio y sus derivados, unas tres cuartas partes eran de origen chino. En cuanto a la cocaína, la droga de preferencia de consumidores más pudientes, solo se decomisó durante el año un gramo en manos de un vendedor negro.
Los reportes presentados por Cuba al Consejo Economico y Social de las Naciones Unidas también daban cuenta de persecución en casos de marihuana entre las clases bajas. Por ejemplo, el reporte para 1946 señalaba que durante ese año se habían perseguido 45 casos de drogas en Cuba, de los cuales 33 eran por marihuana y 12 por drogas “no especificadas”. De todas formas, el caso de la estadía del mafioso Lucky Luciano en La Habana a finales de 1946 y comienzos de 1947 marcó un punto de conflicto en la politica de narcóticos entre Estados Unidos y Cuba, como veremos a continuación.
En 1936, Salvatore Lucania, conocido como Lucky Luciano, nacido en Sicilia en 1897 y radicado en Estados Unidos desde 1906, fue condenado a una sentencia de 30 a 50 años por trata de blancas. Thomas E. Dewey, como fiscal, fue quien logró su condena. A comienzos de 1946, el mismo Dewey como gobernador del estado de Nueva York conmutó la pena con la condición de que Luciano fuese deportado inmediatamente a Italia. Luciano recibió el beneficio por haber colaborado con las fuerzas armadas de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial a través de sus contactos con el bajo mundo.
Después de la expulsión de Luciano de los Estados Unidos, había todo tipo de rumores, de que él quería regresar a algún lugar del Hemisferio Occidental para coordinar sus negocios en Norteamérica. Se mencionaban países como Cuba y México e incluso se decia que habia conseguido un pasaporte argentino y se encontraba en Buenos Aires. Los norteamericanos avisaron a diversas autoridades cubanas sobre las posibles intenciones de Luciano para radicarse en Cuba.
Luciano entró tranquilamente, realizando varias etapas en su viaje y llegando por avión a Camagüey en octubre de 1946. Aunque los diplomáticos norteamericanos informaron sobre su presencia en diciembre, las autoridades cubanas únicamente tomaron cartas en el asunto cuando Luciano fue visto en el Hipódromo de La Habana en febrero de 1947. Las presiones norteamericanas sobre el gobierno cubano para que éste expulsara a Luciano de la isla se dieron casi de inmediato.
Harry J. Anslinger, director del Buro Federal de Narcóticos, ordenó un embargo sobre la exportación de narcóticos legales con fines médicos a Cuba, argumentando que la organización de Luciano podría apoderarse de éstos e introducirlos en el mercado ilegal. Anslinger condicionó el fin del embargo a que Cuba expulsase a Luciano, quien se daba la gran vida en La Habana junto a una joven heredera neoyorquina con quien frecuentaba el Hipódromo y el Casino Nacional. Se codeaba con políticos cubanos y con celebridades de la farándula norteamericana que visitaban a Cuba como Frank Sinatra.
Luciano habia conseguido el estatus de residente en Cuba gracias a las influencias del diputado Indalecio Pertierra, gerente del Jockey Club. También socializaba con los senadores Francisco Prío Socarrás (hermano del presidente Carlos Prío Socarras) y Eduardo Suárez Rivas (quien habia sido presidente del Senado en 1944 y 1945), y con Paulina Alsina, viuda de Grau, cuñada del presidente Ramón Grau San Martín y quien oficiaba como Primera Dama.
Como lugar de residencia Luciano alquiló una casa en el lujoso distrito de Miramar. Según un agente antinarcóticos norteamericano, la casa pertenecáa al general Genovevo Pérez Dámera, jefe del Estado Mayor del Ejército. Luciano se asoció a Pertierra, Suárez Rivas y a Manuel Quevedo (un antiguo coronel del ejército cubano, exgerente de Cubana de Aviación) y a Antonio Arias, para organizar Aerovias Q.
La compañía empezó a volar entre La Habana y Key West, en la Florida, y el general Pérez Dámera se aseguró que sus aviones aterrizasen en el aeropuerto militar de Columbia, en las afueras de La Habana, para así evadir los controles de inmigracion y aduanas. Ademas, la compañía gozaba de exenciones tributarias concedidas por el gobierno. Después de un fallido intento de asesinato de Luciano a fines de diciembre de 1946, Pertierra consiguió que la policia del Palacio Presidencial le asignara a Luciano dos guardaespaldas.
Tantas conexiones le permitieron a Luciano traer una decena de gángsters norteamerianos para ayudarle a manejar sus intereses en el Casino Nacional, igualmente Luciano mantenia frecuentes relaciones con Meyer Lansky, su amigo y socio de vieja data. Dos días antes de la Navidad de 1946, Luciano presidió una reunión del “Quién es Quién” en la mafia norteamericana, en el lujoso Hotel Nacional de La Habana.
En esta singular cumbre se discutieron temas relacionados con las inversiones y repartición de las ganancias en los casinos de Estados Unidos y Cuba. Después del embargo de drogas para uso medicinal impuesto por Anslinger, Guillermo Bell, embajador de Cuba en Washington, le manifestó al Secretario de Estado, general George Marshall, la molestia del gobierno cubano, especialmente por las declaraciones de Anslinger a la prensa. De todas formas, se comprometió a deportar a Luciano en cuestión de días, aunque dicho proceso tomase normalmente mes y medio.
El presidente Grau y su ministro Prío Socarrás firmaron el decreto que señalaba que, dados los antecedentes de Luciano, lo declaraban “indeseable” y ordenaban la deportacion a Italia. Declarado como “extranjero indeseable”, Luciano permaneció detenido hasta que abandonó Cuba en marzo de 1947. Irónicamente, unas semanas antes, en el Bakir, carguero de bandera turca que transporto a Luciano hacia el exilio, habían encontrado seis kilos de opio cuando la embarcación llego a Jersey City proveniente de Estambul.
Una vez en Italia, Luciano se radicó en Nápoles, donde era una celebridad especialmente con los turistas y los marineros norteamericanos hasta que falleció de un infarto cardíaco en enero de 1962. Sus restos fueron finalmente enterrados en la cripta familiar de los Luciano en Nueva York, en el país que siempre añoró y que consideraba su verdadero hogar. Durante años, el Buró Federal de Narcóticos trató infructuosamente de construir un caso contra Luciano sobre tráfico de drogas desde Europa. Frustrado, Anslinger se lamentó por no haber logado una condena por las supuestas actvidades delictivas de Luciano, y concluyó: “Él no (dejaba) rastro porque no (había) rastro. Pero sabemos que él (era) el hombre”.
En su segundo gobierno, de 1952 a 1958, Fulgencio Batista promovió el turismo y el juego en los casinos para no tener que depender exclusivamente del mercado del azúcar. El juego, debe aclararse, no fue llevado por los mafiosos norteamericanos a Cuba. Era una tradición española que se remontaba a las épocas de la colonia.
El juego era parte de la vida cubana. Un artículo en el Papel Periodico de La Habana de diciembre de 1790 rezaba asi: “No nos ha colocado en el mundo la Naturaleza para que juguemos, sino para vivir con seriedad y emplearnos en acciones graves e importantes. Debiera fijarse en todos los pueblos de la Isla, y hasta en todos los arboles de ella, para infundir terror a tanto aldeano que olvidado de la honrosa tarea de la agricultura, emplea los días y las noches en tan torpes ocupaciones como son las cartas y otros instrumentos de este vicio detestable”.
En 1832, José Antonio Saco escribió sobre el juego: “No hay ciudad, pueblo ni rincón de la Isla de Cuba hasta donde no se haya difundido este cáncer devorador (…) Las casas de juego son la guarida de nuestros hombres ociosos, la escuela de corrupción para la juventud, el sepulcro de la fortuna de las familias, y el origen funesto de la mayor parte de los delitos que infectan la sociedad en que vivimos”.
El escritor norteamericano Carletton Beals advirtio en 1933 que “el cubano exclusivamente adora al dios de la fortuna. Un jugador empedernido gastará hasta la última moneda en tickets de lotería (…) La propensión cubana para la diversión y el juego demuestra poca consideración por el dia de mañana”. Una comision de académicos norteamericanos, invitados por el gobierno cubano, en un reporte a mediados de los años 30 señaló que “el juego es un vicio extendido” entre todas las clases sociales y la compra de tickets de lotería desestimulaban la capacidad de ahorro de los cubanos.
Una misión del Banco Mundial que visitó Cuba en 1950 y presentó un voluminosos informe sobre el desarrollo económico de la isla, senñaló cómo el juego iba contra el espíritu empresarial y la capacidad de ahorro del pais:
“El espíritu del juego en la economía distorsiona el espíritu de empresa. Es una de las razones de la escasez relativa de capital y de iniciativa empresarial en el desarrollo de nuevas industrias. Para el dueño del gran capital, lo que se puede ganar en el fluctuante e impredecible mercado del azúcar –casi comparable con la lotería- puede enseguida opacar todas las ganancias posibles de una empresa nueva que necesariamente tomaría mucho tiempo, trabajo y molestia (…)
“Para el hombre pequeño –en una economía en la que las oportunidades de crecimiento en la industria y la promoción en el empleo parecen ser pocas- un ticket de lotería o cualquiera de los muchos juegos de apuesta que florecen en toda Cuba, puede parecer un uso más atractivo del dinero que el ahorro. Además de proveer emociones, parecen ofrecer una mayor esperanza de salir adelante que el proceso prosaico de ahorro constante, planeación y trabajo duro”.
En 1959, unos meses después de la Revolución Cubana, el influyente intelectual e Historiador de la Ciudad de La Habana, Emilio Roig de Leuchsenrig, escribiría en su libro Males y vicios de la Cuba Republicana, sus causas y remedios: “Desde los primeros tiempos coloniales hasta los presentes republicanos, el juego ha sido el vicio maximo caracteristico y contumaz del cubano. Herencia directa de nuestros antepasados, los primeros españoles establecidos en la isla, el juego arraigó bien pronto entre nosotros. Esta viciosa afición tan violenta y extendida que bien puede llamarse la pasión dominante de los cubanos…”
En la década de 1950 había muchas quejas de los turistas norteamericanos de que los estafaban en los casinos. Batista llamó a Meyer Lansky, quien tenía relaciones de vieja data con los casinos en Cuba, para reformar la industria. Batista también instruyó a la policía para evitar las estafas a los turistas en los casinos. Curiosamente, años atras, el mismo Eddy Chibás, fundador del Partido Ortodoxo y crítico impacable de la corrupción, había defendido el fomento del turismo en Cuba “como la más importante y trascendental de cuantas empresas pudiera acometer nuestra patria para su definitiva liberación política –a través de su no menos definitiva redención económica.
En forma similar a las quejas de los norteamericanos en Cuba, Chibás crítico de aquellos cubanos que “a ciencia y paciencia de nuestras autoridades se dedican a explotar y piratear a todo género de desafueros y violencia (…) explotan al turista… sin frenos ni sanciones (…) Es más perjudicial que el turista se constituya en detractor de Cuba, que dejar que se dirija a otras playas donde lo acojan y le brinden una hospitalidad más en consonancia con las normas de civilización”.
En 1955 se abrió un casino en el Hotel Nacional, que perteneció al gobierno, y se puso a Lansky a manejarlo. El gobierno expidió una ley dando beneficios tributarios para la construcción de nuevos hoteles, y facilitando la instalación de casinos en los hoteles y clubes nocturnos. Lansky tomó ventaja de esta ley y en 1956 empezó a construir el Riviera, hotel-casino inaugurado en diciembre de 1957.
Entre 1952 y 1958 se abrieron 28 nuevos hoteles en Cuba. Pero contrario a lo que afirman escritores como Enrique Cirules, los mafiosos norteamericanos como Lansky que se dedicaron al negocio de la hotelería y el juego durante los años 50 en Cuba, no estaban involucrados en el narcotráfico. Después de todo, los casinos eran legales, altamente rentables. Cirules no muestra prueba alguna para sustentar su argumentacion.
De hecho, en nuestra investigación no hemos encontrado ningún indicio serio que conecte a personajes como Lansky o el mismo Lucky Luciano con el tráfico de drogas en Cuba.
Primera parte de la conferencia impartida por el Dr. Eduardo Sáenz Rovner, profesor titular de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia el 17 de marzo de 2004 en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su título completo es “Contrabando, juego y narcotráfico en Cuba entre los años 20 y comienzos de la Revolución”.
Foto: Mercancías almacenadas en el puerto de La Habana a principios del siglo XX. Tomada de Pinterest.
Publicado originalmente en El Blog de Tania Quintero.


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