Tres hermanos postizos

Cuando hace poco escribí que era hija única (Hija única – el blog de iván y tania), no dije la verdad: que tengo tres hermanos postizos. Se llaman Rafael, Armando y Marco Antonio.

Los tres son hijos Lucrecia López Vega y Rafael Pérez Vega, quienes en 1948 contrajeron matrimonio en una modesta casa en el tercer piso de un edificio situado en la barriada habanera de Los Sitios. Allí residían las cinco hermanas de Rafael: Esther, Olga, Herminia, Hilda y Ofelia, bordadoras conocidas como Las Pérez, bordadoras de categoría – el blog de iván y tania.

Lucrecia se hizo famosa en las redes sociales cubanas por una foto en la que aparece caminando conmigo por una acera de la calle Monte en 1947. Algunos dijeron que esa imagen era un ejemplo de la elegancia de La Habana antes de 1959. Otros comentaron que se trataba de una joven y una niña de familia adinerada.

Hace cinco años conté la historia de esa foto en Diario de Cuba. Un paréntesis. Lucrecia, que había nacido el 23 de noviembre de 1922, falleció el 14 de diciembre de 2025, a los 103 años, en una residencia de ancianos en New Haven, Connecticut.

A la boda de Lucrecia y Rafael fui con mi padre, tenía 6 años y no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que los visité en la primera casa donde vivieron, que quedaba al lado del Sindicato de los Yesistas (albañiles encargados del revestimiento y acabado de paredes y techos), en Xifré entre Estrella y Malaga, hoy perteneciente al municipio Centro Habana.

Cuando el 20 de abril de 1951 nació el primer hijo, Rafael Pérez López, ya se habían mudado a Puentes Grandes, cerca de la fábrica donde laboraba el padre, graduado de la entonces prestigiosa Escuela de Artes y Oficios, que cuando en 1882 se inauguró radicaba en La Habana Vieja y posteriormente se trasladaría a Belascoaín y Maloja.

Por su conocimiento del inglés, Rafael padre fue seleccionado para trabajar en la Base Naval de Guantánamo, donde estuvo dos años. El buen salario le permitió reunir dinero y poder casarse con su novia Lucrecia, mulata china que llamaba la atención porque a pesar de vivir con su familia en un solar, siempre andaba bien vestida. Pero por poco el jabao Rafael, oriundo de Cienfuegos, se queda ‘puesto y convidado’.

Lucrecia era mujer de armas tomar. Hace años me contó que se había enterado que los fines de semana, Rafael iba a bares de prostitutas en Caimanera, donde se alojaba en una de las muchas casas de huéspedes existentes en aquella época en el territorio cubano colindante con la Base Naval de Guantánamo.

A los dos años, Rafael regresó a la capital con un sobre lleno de dinero, que no solo alcanzaba para los preparativos de la boda, también para los primeros meses de casados. Feliz, ilusionado, fue a visitar a su añorada novia. Lucrecia lo recibió muy seria. Cuando él fue a entregarle el sobre, sin mediar palabra, ella le dio dos ‘galletas’ (bofetones), “por haberle sido infiel”. Y le dijo que se fuera con el dinero a otra parte, que el noviazgo había terminado. Después de varios días pidiéndole perdón y rogándole volver, ella lo perdonó y en 1948 se casaron.

El segundo hijo, Armando Pérez López, nació el 24 de febrero de 1953, también en el Hospital Maternidad Obrera de Marianao. El tercero y último, Marco Antonio, igualmente por cesárea, vino al mundo en otra fecha patria, el 7 de diciembre de 1956. A los tres los cargué cuando eran bebés, jugué con ellos y participé en sus cumpleaños. A los tres los vi crecer, estudiar en primaria, secundaria y bachillerato y concluir tres carreras universitarias.

Rafael se hizo abogado, Armando, biólogo marino y Marco, ingeniero eléctrico. Desde niños aprendieron inglés. Y a pesar de que su familia materna pertenecía al Partido Socialista Popular y que su padre siempre fue militante del PCC, ninguno de los tres simpatizaba con la revolución castrista. El primero que se marchó fue Marco, a México, en abril 1991. Allí sigue viviendo, casado con una mexicana y padre de una joven.

El segundo en irse de Cuba fue Armando, en agosto de 2001, tras estancias breves en Miami y Nueva York, se estableció en Connecticut. Desde hace más de dos décadas es profesor de español en un afamado instituto de New Haven. En 2011, Rafael viajó a México, donde vive su hermano Marco. Pudo cruzar a pie la frontera y en junio de 2011 llegó a Estados Unidos. Por la pérdida progresiva de la visión no ha podido trabajar y depende de la seguridad social. Reside en New Haven, Connecticut. Divorciado, tiene un hijo y un nieto.

Con los tres estoy en contacto. Son las tres personas que mejor me conocen. Cuando en 1957, Lucrecia y Rafael con sus tres hijos se mudaron al tercer piso de un apartamento de un edificio en Pedroso entre San Joaquín y A, Cerro, a ocho cuadras de nuestra casa, en Romay entre Monte y Zequeira, todos los días los visitaba.

Después, por razones de estudio y trabajo, no podía ir a diario, pero sí todas las semanas. En la sala conversábamos ‘normalmente’. Pero si queríamos hablar de la situación del país, nos íbamos al último cuarto, con tres camas estrechas y tantos libros en tablas en las paredes que parecía que en cualquier momento se iban a caer.

El 12 de mayo de 1986, cuando salí del despacho de Fidel Castro (Tania Quintero: Hace 30 años hablé con Fidel Castro), desde la Plaza de la Revolución me fui a pie hasta la casa de los Pérez-López. No querían creer que venía de hablar con el hombre que le decían ‘comandante en jefe’. Y no lo que en realidad era, un dictador.

Foto: Marco Antonio, Rafael y Armando Pérez López en 1959 en su casa del Cerro, La Habana.

Publicado originalmente en Diario de Cuba.


Posted

in

by

Tags:

Comments

Dejar un comentario