Después de ‘desayunar’ (una tacita de café y el pan que me ‘tocaba’ por la libreta de racionamiento), poco antes de las nueve de la mañana, doblé por la esquina de Carmen y Diez de Octubre, y caminando fui hasta la sucursal del Banco Metropolitano, a siete cuadras, en la misma calzada, entre Luis Estévez y Lacret.
Cuando llegué, había una decena de personas. Pedí el último. Luego localicé a Felicidad, empleada que siempre me atendía desde que Jesús Díaz, director de la revista Encuentro de la Cultura Cubana y fundador de Encuentro en la Red, con sede en Madrid, decidió enviarme todos los meses 100 dólares. No como pago por las colaboraciones que todas las semanas enviaba (por teléfono o fax), si no porque en 1996, con 54 años de edad y 37 de vida laboral, me expulsaron del ICRT y la ‘revolución de los humildes’ me dejó sin jubilación.
Eso debí haberlo contado cuando el pasado mes de mayo escribí Mi amigo Jesús Díaz. Pero como dice el refrán, “nunca es tarde si la dicha es buena”. Cobré los 100 dólares y me dirigí al domicilio de Estrella Sabina y su hijo Manuel Miguel Gil, más conocido por Quico. Vivían cerca del banco, en Luz entre Diez de Octubre y Delicias y me habían invitado a tomar café.
Después del café, nos sentamos a conversar en la sala. El televisor estaba prendido, sin audio. A esa hora estaban transmitiendo un programa matutino, creo que del Canal Telerebelde. En eso Quico sube el audio y dice: “Han interrumpido la programación y están poniendo imágenes de algo que está pasando en Nueva York”.
Consternados, empezamos a ver imágenes que ya le estaban dando la vuelta al mundo. Así nos enteramos del ataque terroristas a la Torres Gemelas el martes 11 de septiembre de 2001. Decidí no ir a La Isla de Cuba, shopping de Cubalse que quedaba frente al Parque de la Fraternidad. Quería regresar enseguida a mi casa y en vez de irme a pie, en Luz y 10 de Octubre cogí un ‘botero’ que me dejó en la esquina de la Plaza Roja.
Como a la gran mayoría de los habitantes del planeta, el 11-S marcaría nuestras vidas y en lo adelante diríamos “antes o después del 11-S”. Redacté una nota para Encuentro en la Red, pero no tengo copia. Lo que sí localicé fue lo que mi hijo, el periodista independiente Iván García, escribió. Unos fragmentos:
“El 11 de septiembre de 2001 vislumbraba ser un martes como otro cualquiera en La Habana. Había amanecido sin nubes y con un sol pletórico. A las 8:45, hora que se estrelló la primera aeronave sobre el Word Trade Center, aún estaba durmiendo. Sobre las 9:20 comenzó mi rutina. Revisar unas notas para enviar a Encuentro en la Red. Rastrear informaciones en la radio cubana, escuchar por onda corta la BBC, Radio Exterior de España, Radio Francia Internacional y la VOA (Voz de los Estados Unidos). Después, salir a conversar con gente en la calle.
“Sobre las 11:00, una vecina del edificio en voz alta comenta: ‘Parece que en Estados Unidos ha habido un accidente tremendo, lo están pasando por el Canal 6’. Encendí el televisor. La televisión nacional, algo inédito, se había encadenado con la CNN y, de fondo, dos locutores cubanos comentaban lo que ocurría. Las imágenes eran de espanto.
“Esa noche, Fidel Castro habló en el coliseo de la Ciudad Deportiva ante cientos de estudiantes de medicina. Dijo que el gobierno cubano había autorizado a naves estadounidense a sobrevolar y utilizar los aeropuertos y pasillos aéreos de la isla. También que Cuba había ofrecido ayuda médica”.
A Estrella la había conocido en el 2000. En Carmen y 10 de Octubre, paré uno de los ‘almendrones’ que desde La Palma salían y terminaban el recorrido en el Parque de la Fraternidad. Cobraban 10 pesos. Me senté en la parte de atrás, como no había más nadie, saqué un ejemplar de la revista Encuentro de la Cultura Cubana y comencé a leerlo. En la esquina de Luz y 10 de Octubre hizo señas una señora rubia. El chofer paró. Entró al viejo auto americano y se sentó detrás, a mi lado. Al no saber quién era, me apresuré a guardar la revista en el bolso.
Pero ella alcanzó a verla. Y me dijo que ya ese número lo había leido. Entonces me presenté, le dije mi nombre, que había sido veinte años periodista oficial y desde 1995 era periodista independiente de Cuba Press.
“Qué sorpresa, conocer a Tania Quintero, en Bohemia siempre leía tus reportajes, después veía tus programas Puntos de Vista. Soy muy amiga de Orlando Fondevila, disidente exiliado en Madrid, y él a través de la Embajada de España, siempre me envía Encuentro y también la Revista Hispano Cubana, donde trabaja y escribe Fonde”, como le decía al hoy olvidado periodista y ex preso político Orlando Fondevila.
Sería la segunda o tercera vez que visitaba a mis nuevas amistades, cuando descubrí que su vivienda colindaba con el antiguo club Las Águilas y que junto con el Club Atenas, situado en una calle céntrica de la capital, eran dos de las sociedades de la ‘gente de color’ más populares de La Habana. En Las Águilas, los domingos hacían bailables. Una vez fui con mi prima Sara Monteagudo y su novio Rolando Díaz, un noviazgo del cual fui ‘chaperona’.
Ni Estrella ni su hijo Quico, afectado por una hemofilia grave, simpatizaban con la revolución fidelista. A menudo iba a su casa, a diez cuadras de la mía. Eran muy hospitalarios, además de café, me brindaban meriendas y más de una vez me hicieron almorzar o comer. Jorge, el hijo mayor de Estrella, se habia graduado de médico en la Universidad de La Habana y residía en Miami, donde también tenía una hermana, Beny, madre de Mayda, la que me mandó esa foto.
Cuando Iván empezó a trabajar en Diario Las Américas en 2013, Estrella y Quico cobraban el dinero y por Western Union se lo hacían llegar. Pero un día recibí un correo extraño y se interrumpió la amistad. Después supe la verdad: el ‘culpable’ de ese email fue un incipiente alzheimer de Estrella, que se agudizó tras la muerte de Quico el 21 de marzo de 2014. Quico era el tipo más chévere que he conocido, risueño, inteligente, muy activo. En Cuba se ganaba la vida alquilando películas. Estudió Ciencias Jurídicas, pero por su enfermedad no pudo ejercer. En Miami se compró un ‘cacharro’, lo adaptó y manejaba por toda la ciudad. Sabía inglés y trabajaba en la oficina de los impuestos.
El año pasado, la familia de Estrella volvió a agradecerme lo que hice por ella. Les cuento. En 2004 yo ya estaba viviendo como refugiada política en Suiza y desde la distancia no podía ayudar a Estrella para que pudiera viajar a Estados Unidos. Me comuniqué con mi amigo Carlos Alberto Montaner, le conté el caso de Estrella, que su hijo Quico había viajado solo a Guyana y luego de una estancia peligrosa en ese país, había logrado entrar a Estados Unidos.
Carlos Alberto hizo gestiones con la otrora Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana y a Estrella Sabina le dieron una visa humanitaria y pudo salir de Cuba por vía legal y segura en 2005.
Diario de Cuba, 11 de septiembre de 2026.
Publicado originalmente en Diario de Cuba.


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