Capítulo 10 del libro Periodista, nada más.
Amistades mías me decían: “Tú en vez de haberte metido a periodista independiente, hubieras podido escapar (salir adelante) con algún trabajo que te hubiera permitido viajar al extranjero y buscarte dólares, oficialmente, porque historial y preparación tenías para eso”.
Me daba risa. Porque esas personas no me conocían. En lo más mínimo. Sí, es verdad, yo hubiera podido ponerme la careta -con espejuelos y todo- y hacerme de la vista gorda. Taparme los oídos e ir por las calles sin ver ni oír. Darle la espalda a la realidad.
De mi padre no heredé ni su parsimonia ni su sangre fría. Era flemático como un lord inglés. Solía decir: “Soy de una madera especial”. Yo, en cambio, tenía -y tengo- otro temperamento. No puedo aguantarme y decía -y sigo diciendo- lo que pienso en la cara de quien sea, sin temer las consecuencias.
Raúl Rivero dijo una vez que yo era “la más libre del periodismo alternativo cubano”. Puede que no sea exactamente así, pero desde mi niñez me he sentido un ser libre e independiente. Una de las razones por la cual mi conversión del oficialismo a la oposición no fue traumática. Nunca nadie me pudo cortar las alas. Y mucho menos enjaular. Por eso nunca fui militante del partido ni de nada. Siempre me sentí libre como el viento, como dice Nino Bravo en una canción.
Fui una escolar aplicada y participativa. En sexto grado dirigí un periodiquito mimeografiado, Ecos de mi escuela. Conservaba el último número, correspondiente al curso 1954-55, año de mi paso por el 6to. grado. Mi escuela era pública, la número 126. Radicaba en Monte y Pila, muy cerca de una zona de putas.
Cuando transitaba por la calle Pila hasta la Calzada de Cristina, a estudiar en casa de Teresita García, las veía paradas detrás de puertas con ventanas. Algunas usaban ropa interior de dormir, pero eran las menos. Lo común era que anduvieran con lo mínimo: blumers y ajustadores. Para no perder tiempo desnudándose.
Eso, claro, lo supe después. Entonces yo veía a las rameras con una mezcla de temor y curiosidad. “Son mujeres de la vida” me dijo mi madre la primera vez que le pregunté. Supe a lo que realmente se dedicaban por mis compañeras de aulas: más de una eran hijas de aquellas prostitutas baratas.
Mi escuela se llamaba Ramón Rosaínz, en honor a un gran educador cubano, ahora olvidado. Por falta de cuidado y mantenimiento estaba al borde del derrumbe. ¡Qué pena! Todavía me parece estar viendo a la directora, Modesta Ramírez, doctora en pedagogía, como también eran casi todas las Seños que tuve en primaria: Carmen Córdoba, Esther Montalvo, Regla Marrero, Francisca Sánchez, Teresita M. Darios, Maria Luisa Santana, Adolfina Ortega, Margarita Díaz y Bertha Madan.
Y las que no eran graduadas de Pedagogía en la Universidad de La Habana tenían otros títulos. Lucila Peñalver, la más negra de las maestras que tuve, era diplomada de la Escuela del Hogar y del Conservatorio Municipal de Música. Daba clases de costura, artes manuales, dibujo y música, en un pequeño salón donde había un piano. Es la única vez que aprendí el do-re-mi-fa-sol-la-si-do.
Con la Seño Amelia dos veces por semana hacíamos educación física, en la azotea. Y a veces íbamos a La Polar a jugar voleibol o al Parque Martí, a competencias de atletismo. Amelia había sido deportista y se vestía con saya-pantalón, pulóver y tenis blancos. Para la calistenia teníamos blusa blanca tipo polo, short azul y saya también azul, abierta alante con botones. Los tenis podían ser blancos, negros o azules. Los más usados eran los US Keds, de corte bajo o alto. Eran muy baratos, al alcance de cualquier familia pobre como la mía.
Tanto la ropa de gimnasia como el uniforme exigido en la escuelas públicas habaneras -blusa blanca, lazo azul prusia y saya de tachones del mismo color- se vendían en las tiendas y no costaban mucho. Los padres de menos recursos podían comprar la tela y hacer los uniformes, que salía aún más económico.
La gente del barrio El Pilar, donde vivía -no así los del colindante Atarés-, no tenían que ir muy lejos para conseguir ropa y zapatos a bajos precios. Si uno quería, caminaba todo Monte, calzada repleta de tiendas. Y llegaba a pie hasta Muralla, la meca de polacos, españoles, árabes y judíos, donde las costureras se despachaban a su gusto. Había de todo: encajes, botones, tiras bordadas, serpentinas, bieses, cintas y telas de cualquier calidad: hilo, muselina, organza, raso, opal, piqué, corduroy, fieltro…
Solamente en el tramo de Monte entre Romay y Fernandina, al doblar de mi casa, se conseguía lo imprescindible. Había tres tiendas grandes: El Almacén, La Defensa y La Casa Roja; una gran quincalla, La Casa Bulnes –Chela, la propietaria, era libanesa- y una tiendecita de tejidos, al lado mismo de uno de los dos solares en esa cuadra, que todavía existen. El dueño era polaco, calvo, de baja estatura. Tenía un solo empleado, parado afuera, invitando a lo transeúntes a que entraran. Y miraran y tocaran los rollos de telas en media docena de mesas. El polaco andaba con la cinta métrica colgada del cuello y en una mano las tijeras.
Lo que sí era obligado comprar en las escuelas públicas eran los monogramas, blancos, y en azul bordaban el número de la escuela. Se ponían y quitaban del lazo mediante broches a presión. Por lo regular encargados a alguna de las cientos de bordadoras que trabajaban por encargo desde sus casas, como las hermanas Pérez, en la calle Peñalver. Su especialidad era el beauvois, pero bordaban lo que uno les pidiera. Eran una versión femenina y mulata del Rey Midas: todo lo que tocaban lo convertían en oro. Bordadoras de su estirpe ya no quedan en Cuba.
Foto: De la visita que el 24 de febrero de 1952 un grupo de alumnas de 3er. grado hicimos con la Srta. Carmita al Hogar del Veterano, en San Miguel y Agustina, municipio 10 de Octubre. Soy la del chalequito, en la fila delantera, la tercera de izquierda a derecha.
Publicado originalmente en El Blog de Tania Quintero.


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