Germanófila por cuenta propia (I)

Cuando en febrero de 1961 me preparaba para incorporarme al tercer y último contingente de maestros voluntarios Conrado Benítez, en Minas del Frío, Sierra Maestra, el cartero dejó en nuestra casa de Romay 67 entre Monte y Zequeira, Cerro, una carta con un sello que decía DDR. Por detrás, un remitente desconocido: Eberhard Gärtner y una dirección, igualmente desconocida, en Dresden. Intrigada, la abrí.

Eberhard, nacido en 1942 como yo, había conocido a unos nicaragüenses que habían estado en La Habana y me habían conocido en el comité nacional del Partido Socialista Popular, donde desde agosto de 1959 trabajaba como mecanógrafa. Los nicas habían estado unos días en Cuba antes de viajar a la RDA, donde supuestamente estudiarían. Uno de ellos, con unos espejuelos de ‘fondo de botella’, me había pedido mi dirección para escribirme.

Le pregunté su nombre: Carlos Fonseca Amador, quien sería uno de los fundadores del sandismo en Nicaragua y en 1976 moriría combatiendo contra la dictadura de Anastasio Somoza. Fonseca nunca me escribió, pero le dio mi dirección al joven alemán que además de servir de intérprete voluntario a los nicaragüenses, quiso seguir practicando el español a través de cartas con una habanera de su misma edad.

Una amistad que duró seis décadas: se inició en febrero de 1961 y terminó cuando Eberhard a los 80 años se fue, el 29 de septiembre de 2022 en Dresden, su ciudad natal. Después de su partida le dediqué cuatro posts:

Mi amigo Eberhard Gärtner (I) – el blog de iván y tania

Mi amigo Eberhard Gärtner (II) – el blog de iván y tania

Mi amigo Eberhard Gärtner (III) – el blog de iván y tania

Mi amigo Eberhard Gärtner (IV y final) – el blog de iván y tania

Muy distintos fueron los contenidos de dos posts dedicados a la periodista alemana Cathèrine Gittis, publicados en junio de 2012 en mi desaparecido blog (en este, pueden leerlos el 9 y 10 de septiembre de 2026). Los dos posts sobre la Gittis tuvieron una repercusión inesperada. El 19 de enero de 2016 por Hotmail recibí este correo:

Estimada Tania Quintero,

Me llamo Siga Luthner y vivo en Münich, Alemania. La madre de una amiga trabaja como voluntari en una asociación dedicada a investigar la vida y el trabajo de alemanes exiliados (Gesellschaft für Exilforschung). Sobre todo se dedica a las mujeres y a las escritoras, pues de las mujeres de aquella época todavía se sabe menos que de los hombres.

Ella se llama Christiane Hauck y como no habla español me pidió ayuda pues encontró su blog un post sobre Cathèrine Gittis, la hija de Ruth Herrmann. Traduje su post y nos enteramos que usted escribió una serie sobre alemanes antifascistas en Cuba.

Dos preguntas: Usted tiene los artículos y fotos de la revista Bohemia? Cuando usted estuvo en Dresden, pudo hablar con Ruth Herrmann?

Cualquier informacion sobre Ruth, de su trabajo o de cualquier momento de su vida nos interesa, porque solo se sabe que estuvo en Paris antes de 1940 y trabajó (de qué?) en un congreso de literatura y conoció a Friedrich Wolf y de esta “relación” nació Catherine en 1940. Eso y las fechas de nacimiento es casi todo lo que se sabe.

Le agradecemos cualquier informacion.

Gracias de antemano y muchos saludos desde Münich,

Siga Luthner

Al día siguiente, 20 de enero de 2016 le respondí:

Estimada Siga,

Por suerte, siempre reviso bien los correos que entran como spam y cuando vi el nombre de Ruth Herrmann lo rescaté enseguida. Se refiere usted al post Adiós, RDA, publicado en septiembre de 2009 (con fecha 1 de octubre de 2026 se reprodujo en el blog).

Desde el 26 de noviembre de 2003 vivo en Suiza como refugiada política, pero mucho antes de irme de Cuba, ya buena parte de mis papeles y recortes de prensa los tuve que sacar de mi casa: al ser periodista independiente mi casa podía ser registrada por la Seguridad del Estado, la Stasi cubana. Los guardé en otra casa y los perdí.

Pero si un periodista o investigador alemán viaja a La Habana, le pueden pedir que en el Archivo de Bohemia, en Boyeros y San Pedro, les hagan una fotocopia de la serie sobre el Comité de Alemanes Antifacistas que hubo en Cuba en los años 40, publicados por Tania Quintero en junio de 1978. También lo pueden solicitar en la Biblioteca Nacional, a tres cuadras de Bohemia, en la Plaza de la Revolución. Según me han dicho, en la Biblioteca de Miami se conservan todos los números de la revista Bohemia desde que en 1908 fue fundada.

En las tres semanas que estuve en la RDA, no conocí a Ruth, algo que para mí fue un poco extraño, porque la primera semana me alojé en el apartamento que en las afueras de Berlín tenía Cathèrine. Ya ella estaba separada de su marido Vangelis Gittis, de origen griego, y vivía con sus dos hijos, Marcos, de unos 9-10 años, y Andreas, de 8-9 años. El apartamento tenía tres cuartos: el de Cathèrine, el de los niños y el de Ruth, donde se quedaba cuando desde Dresden viajaba a Berlín, para estar unos días con su hija y sus dos nietos. Me dieron el cuarto de Ruth y dormí en su cama. Así que de alguna manera sentí su presencia.

A Berlín llegué un domingo y el lunes viajé con Cathèrine y el fotógrafo Pierre Guillaume, hijo del matrimonio preso en la RFA por espionaje (de todo esto me enteré mucho tiempo después) a Cottbus, en el auto de Cathèrine. En Cottbus visité la escuela primaria donde estudiaban alumnos chilenos y latinoamericanos y la maestra era Marina Arismendi, hija de Rodney Arismendi, destacado comunista uruguayo. Esa noche cené y dormí en el pequeño apartamento donde Marina vivía con sus dos niñas, no muy lejos de la unidad militar de los soviéticos en Cottbus.

Al día siguiente, viajé yo sola en un tren rumbo a Dresden. Cuando llegué a la estación, Cathèrine me estaba esperando. En un taxi, un Volga color crema, me dejó en la puerta de la casa de los padres de Eberhard Gärtner, alemán que había conocido por correspondencia en La Habana, en 1961. Era un joven que estaba aprendiendo alemán y quería cartearse con una cubana.

Cathèrine era muy extraña y por momentos maleducada. Ni siquiera se bajó del auto para saludar a Eberhard y sus padres que ya eran ancianos. Después de un rato con ellos, mi amigo me llevó en tranvía hasta su casa, donde nos esperaba su esposa Hannelore. Los dos vivían muy modestamente en una vieja casa de madera compartida por varios inquilinos, tenían cocina dentro de las habitaciones, pero el baño era colectivo.

Cené con ellos y me quedé a dormir en su casa. Por la mañana, después de desayunar, Eberhard me llevó en tranvía hasta el lugar donde Cathèrine le había indicado que me dejara. Me despedí de mi amigo y Cathèrine y yo fuimos caminando hasta la plaza central de Dresden, donde quedaba el estudio del pintor Gert Caden, quien presidiera en Cuba el Comité de Alemanes Antifascistas. Caden tenía más de 80 años.

Luego de una hora con él —Cathèrine me sirvió de intérprete— antes de despedirme, me dio un sobre con 300 marcos de la RDA. Me dijo que era un regalo en nombre suyo y de Ruth. Pensaba que después Cathèrine me llevaría a conocer a Ruth, su madre, pero no me llevó. Fuimos a almorzar, recorrimos un poco la ciudad, incluido el museo, y ya al final me dijo que nos íbamos a quedar a dormir en el apartamento que tenía su mamá en una residencia de ancianos. Era un edificio de ocho o diez pisos, moderno y confortable. El apartamento de Ruth quedaba en los últimos pisos desde donde se veía una vista fabulosa del río Elba.

Comimos cosas ligeras que ella cogió del refrigerador de Ruth. Mi amigo me había regalado una cesta con fresas de su huerto. Pensaba regalárselas a Ruth, junto con unas flores que iba a comprarle, pero Cathèrine me dijo que su madre estaba en Berlín con sus hijos y las fresas tendríamos que botarlas.

Ya yo estaba un poco intrigada, pero no pregunté ni comenté nada. Dormimos en el cuarto de Ruth, que tenía dos camas personales. Al día siguiente cogimos un tren rumbo a Berlín. En la estación cogimos un taxi y fuimos para su casa, pero ya Ruth se había ido a Dresden. Recogí mis cosas y en su Trabant, Cathèrine me llevó al hotel Unter der Linden. Allí me esperaba una intérprete y el chofer que tendría para las dos semanas que me quedaban en la RDA.

Era mi primer viaje al exterior y aunque yo era autodidacta en el periodismo, publiqué 50 páginas en Bohemia, entre ellas una serie de cuatro reportajes titulada El país de los cochecitos. Además de Berlín y Cottbus, estuve en Erfurt, Weimar, Leipzig y Postdam. Como en 1979 se cumplían 40 años de la República Democrática Alemana, de Bohemia me habían pedido entrevistar a un alto dirigente del Partido Socialista Unificado de Alemania (PSUA).

De esa entrevista se ocupó Cathèrine. Cuando me dijo que sería Heinz Geggel (1921-2000), el ideólogo del PSUA y que hablaría con él en su casa, me informé sobre él, pero en ese momento no sabía lo que supe después: que Geggel nació en el seno de una familia judía de comerciantes. Y que de la Alemania nazi huyó a Cuba, donde se involucró en la resistencia comunista contra los nazis. En la Isla se afilió a la CTC y fue uno de los fundadores del Comité de Alemanes Antifascistas. Tras la guerra, regresó a la zona de ocupación soviética, donde se convirtió en periodista. Geggel fue durante mucho tiempo jefe del poderoso Departamento de Agitación del Comité Central del PSUA donde desempeñó un papel fundamental en la censura de la prensa en la Alemania Oriental.

La única vez que llovió durante mis tres semanas en la RDA fue la tarde que Cathèrine me llevó a casa de Geggel, en una zona residencial. Geggel y su esposa fueron muy amables conmigo. Como la temperatura había bajado y había un poco de frío, ella me dio un abrigo color natural, de buena calidad, pero muy grueso para el invierno cubano. Se lo regalé a Irma, ex novia de mi amigo Eberhard que vivía en Berlín con su familia.

Dos días antes de volver a Cuba (el viaje de ida y vuelta lo hice por Interflug, que ya no existe), pasé por el apartamento de Cathèrine, a recoger unos marcos que ella me guardó en su caja fuerte. Hasta ese momento tuve la esperanza de conocer a Ruth Herrmann, pero me fui de la RDA sin conocerla.

Entonces no sabía que Markus Wolf, jefe de la Stasi, era hermano de Cathèrine por parte de padre, y desconocía que él estuviera al tanto de mi visita. Pienso que ‘alguien’, no sé si Cathèrine o el propio Wolf, o los dos, me escondieron a Ruth Herrmann. Ignoro los motivos pues yo era una simple periodista, que ni siquiera era militante del PCC. Todavía me pregunto por qué no permitieron que hablara o entrevistara a Ruth Herrmann. Nunca vi una foto de Ruth en su cuarto de Berlín o en el de Dresden.

Solo una vez Cathèrine me contó sobre su madre, me dijo que había sufrido mucho, por ser judía y madre soltera, pero que era una mujer fuerte. Jamás me dijo quién era su padre, eso lo he ido descubriendo después. Tampoco sé sobre su familia, por línea paterna y materna. Creo que Ruth ya había fallecido cuando Cathèrine y sus hijos se fueron a vivir a La Habana, pero no tuve demasiadas relaciones con ella, aunque sus hijos eran buenos amigos de un amigo de mis hijos, y lo poco que sabía de ellos era por ese amigo. Solo una vez visité a Cathèrine en su apartamento, en una barriada lejos de mi domicilio y del centro de la ciudad.

Para entonces, su hijo Andreas, el menor, se había ligado con cubanos antisociales, tomaba mucho y llevaba una vida desordenada, muy perjudicial para su salud: era diabético desde niño. Marcos, el mayor, se aficionó a la fotografía en Cuba. Cathèrine se suicidó en 1988 y un año o dos después murió Andreas, creo que su padre Vangelis se estaba ocupando de él, pero ya fue tarde. Marco Gittis es fotógrafo free lancer, trabajaba para publicaciones alemanas y extranjeras. Creo que Marco es quien podría contar de su abuela.

Ya fallecidos Cathèrine Gittis y Markus Wolf y también los otros hermanos, el cineasta Konrad Wolf y la escritora Christa Wolf, no debe haber ningún impedimento para sacar del anonimato y la sombra a esa gran mujer que fue Ruth Herrmann, a quien me hubiera gustado conocer. Y creo que también ella a mí.

No sé si les sirva de algo mi testimonio, pero se los he contado con toda sinceridad.

Desde Lucerna les saluda, Tania Quintero.

Foto: Eberhard y su padre en Dresden, 1961.


Posted

in

by

Tags:

Comments

Dejar un comentario