El 25 de marzo de 2007 nació El blog de Tania Quintero. En 2011, El blog de Iván García y sus amigos. Un buen día, a fines de 2025, inexplicable e injustamente, los dos desaparecieron. En esos dos blogs se habían publicado posts de amigos que ya no están, como Raúl Rivero, Carlos Alberto Montaner, Canek Sánchez Guevara y Zilia L. Laje, que no sé cómo ni cuándo se fue en Miami, su ciudad.
Tampoco sé la fecha de la partida de Carlos Moreira, entrañable portugués que desde 2009 a Iván y a mí nos abrió un blog provisional titulado Punto de Vista y en 2010, Desde La Habana. Por un cáncer fulminante de pulmón, Moreira no tuvo tiempo de hacernos llegar las contraseñas y el blog lo perdimos.
Pero a Carlos Moreira mi hijo y yo siempre lo recordaremos y le estaremos agradecidos por el amor y el empeño que puso en hacer de Desde La Habana uno de los mejores blogs cubanos de periodismo.
Desde 2007 hasta 2026, casi veinte años, nuestros amigos han aumentado. Pero también hemos perdido a muchos. Además de los cuatro mencionados al inicio, seguimos sintiendo la ausencia de dos colaboradores: José Ramón López y Arnaldo Ramos. Y de otros, a quienes les recordamos en posts que les dedicamos: Mariana Badell, Mirella Latorre, Fabiana Valdés, Pedro Contreras, Juan Carlos Alsar, Miguel Valdés Tamayo, Orlando Zapata, Laura Pollán, Eliseo Diego (Lichi), Félix Bonne Carcassés, Carlos Espinosa Domínguez, Jaime Almirall Suárez y el periodista independiente Juan González Febles.
Igualmente, a mis primos Lydia y Vladimiro Roca Antúnez. A familiares de amigos cubanos y extranjeros: Mr. Richard Mushko, esposo de Évora Tamayo; Xiomara Crespo, madre de Enrique de la Osa Crespo; Amada Alsar (Beba), madre de Juan Carlos y Jorge Luis Piloto; Broselianda Hernández, hija de Rosa Ieana Boudet y Stacy Pies, pareja de Anna Veltfort. Y por supuesto, a Lucrecia López Vega, madre de mis tres hermanos postizos, y que el próximo 14 de diciembre se cumple el primer aniversario de su viaje final, a los 103 años.
Presentes también han estado amistades conocidas como Jesús Díaz, Estrella Sabina y su hijo Quico; Jorge Pomar, el Abicú; los brasileños Oswaldo França Jr., Aparicio da Silva y Sergio Grandi y los alemanes Eberhard Gärtner, Cathèrine Gittis, su madre Ruth Herrmann y su hijo Andreas.
Quiero pensar que algunos de los que hace tiempo no me escriben es por falta de tiempo, pero siguen ‘vivitos y coleando’, como Salomon Baly, Isis Wirth, Charlie Bravo, Rudy (a diario me enviaba correos) y Julito, autor de Los explotes de Aníbal Escalante en El Estornudo.
A Víctor Batista Falla-Bonet no le conocí, pero su muerte me impactó fuertemente. En 2020, luego de seis décadas, regresó a La Habana. Era el inicio de una pandemia, se contagió y murió en su ciudad natal. Le dediqué cinco posts en mi blog, entre ellos estos tres:
La última entrevista, de Carlos Espinosa Domínguez para Cubaencuentro (“No me veo escribiendo mis memorias”); una nota de José Kozer en Diario de Cuba y el obituario de Carlos Cabrera, del cual copio unos fragmentos.

Víctor Batista Falla-Bonet (La Habana, 1933-2020) hizo de Cuba, un culto, de la cultura una fe, y de la amistad, una geografía polisémica en la que caben todos los ‘cubiches’ del mundo, palabreja que lo emocionaba más que Strindberg y Julián Orbón juntos, pero no tanto como una señorita de Sylvain, la famosa dulcería que nació en la cocina de su mansión habanera (13 y B, Vedado), que también fue Embajada de la URSS.
La inundación verde olivo lo alejó pronto de la isla en 1960, pero no dejó de pensar Cuba ni un solo día de su vida que ha acabado, coronavirus mediante en el IPK (Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí) de La Habana, tras un viaje tantas veces pospuesto como tantos intentos suyos por construir un discurso cultural desde el exilio desprovisto de rabia y lleno de indagación; empeño en el que tuvo aliados imprescindibles como Gastón Baquero, Mario Parajón, Octavio Armand, Pío E. Serrano, Carlos Espinosa Domínguez, Rafael Rojas, Antonio José Ponte y Helen Díaz-Argüelles García que -junto con Andresito- lo cuidaron como hermano mayor.
La oleada migratoria de la isla, en los años 90 del siglo XX, encontró en los desayunos de domingo del Café Central (Madrid), afecto, café con leche y una Cuba inédita; allí el único batistiano presente era Víctor por apellido, el resto era gente formada, trabajadora, honrada y dolida por el extravío y la incomprensión de los cartesianos amante de las barbas y los habanos, que discriminaban a Martha Frayde y a muchos otros, acusándolos de traicionar la historia, como si la historia fuera unívoca.
La doctora Frayde aprovechaba aquellos desayunos para repartir, mensualmente, los boletines del Comité Cubano pro Derechos Humanos, un inventario de atropellos; si aquellos desayunos y publicaciones fueron posibles, se debió a la generosidad resuelta y discreta de Víctor Batista, que siempre echaba una mano sin lastimar.
Víctor podía pasar por sueco o gallego hasta que abría la boca y gesticulaba con modales de Santo Tomás de Villanueva; mientras no sonara la música de Los Van Van en la madrileña Sala La Riviera, compartiéramos unos frijoles negros dormidos o frituras de bacalao en Casa Labra con sus sobrinos venidos de Nueva York y Europa.
Descansa en paz, amigo. Ya no podremos ir juntos a San Juan de los Remedios, pero he pedido a Tamara, Alejandra y Amanda que enciendan sendas velas a tu memoria decente y fraterna, en aquella Iglesia con nueve altares de oro, una virgen embarazada y un púlpito llevado por tu tío Eutimio desde Potosí.
Hasta pronto, Víctor. Tu réquiem se me antoja con las Tres versiones sinfónicas de Julián Orbón, aquel asturiano-cubano, que adaptó Versos Sencillos de José Martí a la tonada “Guantanamera, guajira guantanamera”, y este juramento de José Kozer, en la voz de Guadalupe: Acabo de contar 28 gaviotas rumbo al poniente…
Me disculpan los olvidos. Pero creánme, si algo bueno tengo, es que siempre tengo presente a los muertos queridos, como Pablo Milanés, cuya canción (Queridos muertos, Orígenes, 1994) le ha dado título a este homenaje.
Leer también: De mi padre a mi madre.


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